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Cae otra histórica del calzado en Francia: Royer, matriz de Kickers, entra en concurso

Fundado en 1945, el grupo galo acaba de acogerse a un procedimiento judicial para reestructurar su deuda para dar respuesta a años de caída acumulada y un mercado doméstico convulso, en plena fase de transformaciones y quiebras.

Cae otra histórica del calzado en Francia: Royer, matriz de Kickers, entra en concurso
Cae otra histórica del calzado en Francia: Royer, matriz de Kickers, entra en concurso
El histórico grupo Royer entra en concurso de acreedores.

T.Alonso

El calzado francés suma otra baja. El grupo Royer, uno de los mayores distribuidores del país y propietario de la marca Kickers, ha solicitado la protección del Tribunal de Commerce de Rennes para reestructurar su deuda y tratar de garantizar la continuidad de la empresa. La compañía bretona se acoge a este procedimiento equivalente al concurso de acreedores en España, una herramienta legal que permite suspender pagos y negociar con los acreedores bajo tutela judicial.

 

Con sede en Fougères y una plantilla de 260 empleados repartidos en una veintena de sociedades (siete de ellas en Francia), Royer arrastra desde 2022 una sucesión de crisis que han debilitado su estructura. “El grupo ha afrontado una competencia internacional creciente y un contexto desfavorable que ha generado un endeudamiento demasiado alto”, ha explicado la empresa en un comunicado.

 

El conglomerado Royer, fundado en 1945 y aún controlado por la familia del mismo nombre, llegó a registrar en 2019 una facturación de 300 millones de euros, con 500 empleados y el 45% de sus ventas en el extranjero. Su red comercial distribuía, por aquel entonces, más de 20 millones de pares de zapatos al año.

 

Cinco años después, esa cifra se ha reducido a menos de la mitad. En 2023, el grupo facturó 132 millones de euros, y para 2024 ya anticipaba un nuevo descenso. La pérdida de la licencia de la estadounidense New Balance marcó un punto de inflexión. La empresa cerró su planta de Maleville (Aveyron), vendió parte de sus instalaciones en Cholet y paralizó líneas de producción en Alemania.

 

 

El grupo también vendió la marca Von Dutch, puso en pausa sus marcas de gama alta y suprimió 150 puestos en Francia. En aquella época, Royer trató de recentrarse en Kickers, su enseña más reconocida, con la ambición de reforzar su presencia internacional. Pero el contexto del mercado, la inflación y el cambio en los hábitos de consumo frustraron el plan.

 

La situación de Royer no es aislada. En los últimos años, el mapa del calzado francés se ha ido vaciando de nombres históricos. En el sector del calzado, Minelli, André, San Marina o Clergerie han pasado por procesos de insolvencia o reestructuración. San Marina, nacida en Marsella en los años ochenta, fue liquidada en 2023; Minelli volvió a acogerse a protección judicial este año, y André, fundada en 1896, atraviesa su tercer procedimiento concursal en menos de una década.

 

La industria francesa del calzado vive una contracción prolongada, acentuada por el aumento de los costes de producción, la presión de las importaciones de Asia y la dificultad para adaptarse al canal digital. Según datos del Institut Français de la Mode (IFM), las importaciones representan más del 60% del mercado doméstico, y el consumo de calzado urbano ha caído más de 15% desde 2019.

 

La caída de Royer confirma el estado crítico del calzado francés. En los últimos diez años, la producción nacional ha caído casi 40%, según datos del Observatoire de la Chaussure, mientras la competencia de Italia, Portugal y Asia se intensifica. Francia conserva un savoir-faire reconocido, pero su tejido industrial ha ido debilitándose. Los talleres familiares de regiones como Romans-sur-Isère o Cholet, antiguos polos del zapato francés, operan hoy con márgenes mínimos o bajo modelos híbridos de licencia y distribución.

 

 

El caso de Royer ilustra la dificultad de los grupos familiares franceses para adaptarse a un entorno globalizado. El relevo generacional, los costes industriales y la pérdida de poder de sus marcas nacionales han provocado un lento desmantelamiento del tejido industrial que durante décadas sostuvo buena parte del empleo en regiones como Bretaña, Vandea o Auvernia.

 

Royer, que sigue gestionando las marcas infantiles Aster y Mod8 y mantiene licencias como Umbro, Freegun y Dim, ha señalado que este proceso busca “encontrar una nueva dinámica que permita aliviar la tesorería y trabajar sobre un nuevo plan estratégico”.

 

Entre las opciones sobre la mesa figuran la validación de un plan de reestructuración, la venta de activos, la entrada de un nuevo inversor o incluso la desinversión parcial en algunas filiales. La empresa asegura que su prioridad es preservar el empleo y estabilizar su estructura en Francia, mientras mantiene la actividad en sus filiales internacionales.

 

El procedimiento estará supervisado por un administrador judicial designado por el tribunal de Rennes. Durante este tiempo, Royer contará con un margen de maniobra limitado, pero podrá suspender temporalmente pagos y renegociar su deuda.

 

El último director general del grupo, Marc Le Roux, abandonó la compañía hace unos meses para incorporarse a Reebok Europa. La familia Royer, encabezada por Jacques Royer, mantiene el control, aunque no descarta la entrada de nuevos socios o inversores.