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Zegna: de la lana alpina al parqué neoyorquino, la familia que teje el futuro del lujo

Nacida entre abetos de Piamonte, en Italia, la casa de sastrería masculina factura hoy casi 2.000 millones y enlaza Thom Browne y Tom Ford para blindar un quiet luxury global que desafía a los grandes grupos franceses del lujo.

Zegna: de la lana alpina al parqué neoyorquino, la familia que teje el futuro del lujo
Zegna: de la lana alpina al parqué neoyorquino, la familia que teje el futuro del lujo

Triana Alonso

En el pequeño municipio piamontés de Valdilana (Italia), entre laderas que huelen a abeto y a agua de deshielo, pervive el sonido amortiguado de los primeros telares que Ermenegildo Zegna instaló en 1910. El industrial regional aspiraba, por aquel entonces, a hilar la lana más fina del mundo y, al mismo tiempo, a conservar el paisaje que lo rodeaba. Plantó más de medio millón de árboles y trazó la Strada 232, una carretera panorámica que todavía serpentea entre castaños y prados. Hoy ese legado late en Oasi Zegna, un santuario natural de cien kilómetros cuadrados donde la naturaleza y la industria conviven en un equilibrio que ha guiado a cuatro generaciones.

 

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el lanificio dio el salto del tejido a la confección. El servicio destinado al hecho a medida, lanzado a finales de los cuarenta, llevó la sastrería de Valdilana a los despachos de Nueva York y a las embajadas de Ginebra. Desde entonces, un traje Zegna se reconoce sin necesidad alguna de mirar la etiqueta. Lo delatan la caída de la solapa, la puntada invisible y ese ligero susurro que la lana emite cuando acompaña el paso del cliente.

 

La empresa protege, aún a día de hoy, esa excelencia con una cadena propia de producción. Bonotto, Dondi Jersey y Tessitura Ubertino, empresas adquiridas entre 2016 y 2021, alimentan un laboratorio textil que también suministra paño a grandes nombres del lujo como Dior o Chanel. En Nueva Gales del Sur, Achill Farm cría diez mil ovejas merinas en 2.500 hectáreas para asegurar la fibra. El credo empresarial lo resume Gildo Zegna, de la tercera generación familiar: “quien controla la fibra controla la historia”.

 

 

zegna oasi 1200

 

La misma convicción impulsó la salida a Bolsa de la compañía. En diciembre de 2021, Zegna se fusionó con un vehículo de inversión de Investindustrial y debutó en el parqué de Nueva York con una capitalización de 2.400 millones de dólares, conservando 66% del capital familiar. El desfile de celebración no se hizo en Manhattan, sino sobre la nieve de Valdilana, recordando que el eco de los Alpes pesa más que los focos de Times Square.

 

 

Hoy el hólding factura más de 1.900 millones de euros y roza las trescientas tiendas propias repartidas por ochenta países. Los expertos del sector definen a la empresa como la casa de moda masculina de lujo con mayor volumen de negocio del mundo. El canal directo ya aporta alrededor del 77% de los ingresos y la deuda neta se mantiene en 188 millones de euros, apenas seis décimas del Ebitda, señal de una gestión que prefiere reinvertir la caja en talleres, logística y talento antes que recurrir al mercado.

 

La integración vertical es la ventaja decisiva del modelo familiar. Oasi Cashmere y Oasi Lino certifican la trazabilidad completa de ambas fibras y fijan la meta de que toda prenda producida a partir de 2026 incluya un pasaporte digital con datos de origen, proceso y reparaciones sucesivas. Al mismo tiempo, el creativo Alessandro Sartori reinterpreta la sastrería con el concepto soft tailoring, chaquetas sin hombreras, pantalones con cordón y la zapatilla Triple Stitch, que ya representa el 10% de las ventas de la marca matriz.

 

 

zegna oasi mapa 1200

 

Ese equilibrio entre tradición y modernidad sostiene al grupo en un contexto exigente. China, que sigue aportando un cuarto del negocio, retrocedió más del 14% en 2024, pero Estados Unidos y Oriente Medio crecieron a doble dígito. El primer trimestre de 2025 cerró con una facturación de 458,82 millones de euros, apenas un 1% por debajo del año anterior, gracias al empuje del canal directo y a las primeras colecciones plenas de Tom Ford Fashion bajo control de Zegna. 

 

La expansión inorgánica ha tejido un tapiz de estilos complementarios. En 2018, el grupo Zegna adquirió el 85% de la firma estadounidense Thom Browne por 500 millones de dólares. El sastre neoyorquino, célebre por sus americanas encogidas y sus faldas grises, abrió la puerta a una nueva estética más vanguardista y a la Generación Z, reforzando la presencia del grupo en Estados Unidos.

 

 

Su colisión creativa, sin embargo, con la sobriedad alpina ha resultado fértil. Los equipos de ambos lados del Atlántico comparten patronaje, armonizan calendarios y han estrenado en Novara una línea experimental que fusiona hombro suave italiano y silueta cortada al milímetro.

 

El siguiente gran paso llegó en abril de 2023, cuando la compañía estadounidense de cosmética Estée Lauder cerró la compra global de Tom Ford y otorgó a Zegna la licencia mundial de moda y accesorios durante veinte años, con prórroga automática de otra década. El acuerdo permite a la casa piamontesa operar Tom Ford Fashion con plena autonomía creativa y comercial.

 

Las primeras colecciones, presentadas este enero en Milán bajo la dirección de Peter Hawkings, han superado las previsiones de marroquinería y posicionan la marca para alcanzar 600 millones de euros de facturación a medio plazo. Cada metro cuadrado de cuero italiano con sello Tom Ford genera márgenes brutos por encima de la media del grupo, un impulso clave para mantener el optimismo alrededor de una inversión arriesgada en una firma que, hasta entonces, nunca había resultado especialmente rentable.

 

zegna tienda serrano 1200

 

Con Thom Browne y Tom Ford, Zegna articula un triángulo singular. La sastrería discreta de Valdilana, la arquitectura minimalista de Nueva York y el glamour californiano trasnochado conviven bajo una misma logística, un mismo pasaporte digital y un mismo compromiso con la artesanía. Para los analistas, esa combinación de códigos estéticos y disciplina industrial convierte al hólding en un comprador natural de marcas medianas en busca de socio a largo plazo.

 

Obstáculos y un hilo que no se rompe 

El camino, sin embargo, no ha estado exento de nudos. El beneficio neto cayó a 90,9 millones de euros en el pasado ejercicio, lastrado por una carga fiscal más alta y por la inversión en talento y apertura de tiendas. Thom Browne registró un descenso del 17% en ventas debido a la racionalización del canal mayorista. China continúa bajo presión y la firma reconoce que necesita nuevas narrativas para el nuevo cliente asiático. La respuesta pasa por colecciones cápsula de lino ligero, experiencias de hecho a medida sobre la Gran Muralla y colaboraciones con diseñadores locales.

 

En el frente productivo, la inflación de materias primas obliga a modernizar hilaturas y a desarrollar técnicas que reduzcan un 15% adicional el consumo de agua antes de 2028. La inversión prevista en capital alcanza 125 millones de euros para reforzar la cadena y construir una nueva planta de calzado en Parma (Italia).

 

La competencia tampoco descansa. Las también italianas Loro Piana y Brunello Cucinelli comparten discurso natural y ADN textil, aunque carecen de la plataforma multimarcas de Zegna. En París, Kering busca revivir su segmento masculino y en Nueva York surgen firmas nativas digitales que predican un lujo silencioso inspirado, paradójicamente, en la propia casa piamontesa.

 

A última hora de la tarde, los telares se detienen y el valle recupera el rumor de los mirlos. Ese silencio, mitad bosque y mitad taller, es el pulso que guía a la familia Zegna desde hace 115 años. Si el plan funciona, Valdilana demostrará que no se necesita la avenue Montaigne para dictar la elegancia masculina. Basta un telar centenario, una carretera que dibuja curvas entre abetos y una obstinada fe en la costura interior de un traje. Si la estrategia tropieza, Wall Street recordará al clan que incluso el silencio cotiza. Por ahora, el murmullo de la lana contra la mesa de corte sigue marcando el compás del lujo italiano y cada puntada que sale del lanificio confirma que la sastrería puede mirar al futuro sin dejar de escuchar el eco de la montaña.