Saint James: más de un siglo tejiendo identidad desde el mar
A pocos kilómetros del Mont-Saint-Michel (Normandía, Francia), nació una empresa textil que acabó convirtiéndose en símbolo de la moda francesa. Con 130 años de historia, sus prendas de punto son emblema del savoir-faire.
A pocos kilómetros del Mont-Saint-Michel, en Normandía (Francia) el clima no perdona. Allí la lana no es un detalle de estilo, sino que supone la diferencia entre aguantar o volver a casa para un pueblo conocido por su historia marinera y su exposición a las mareas más extremas de Europa. Saint James empezó así, con una necesidad práctica y un oficio repetido hasta volverse cultura patria protegida.
En 1850, Léon Legallais, el alcalde del pueblo del mismo nombre, puso en marcha el Moulin du Prieur, un taller que trabajaba lana local procedente de ovejas criadas en los prados salinos junto al Couesnon, en la bahía del Mont-Saint Michel, conocido por separarse de la costa cuando sube la marea. La empresa abastecía entonces mercerías y pequeños locales de la zona, integrándose en la economía rural que combinaba agricultura, ganadería y manufactura. No había marca como tal. Había producción.
Casi cuatro décadas más tarde, el salto decisivo llegó en 1889, cuando el taller se convirtió en la Société Anonyme des Filatures de Saint-James. Del hilo se pasó a la prenda, dejando de ser un proveedor de hilo para dar el salto a la producción de prendas acabadas, un paso fundamental en la construcción de su historia. Ahí se fijó la primera intuición que explica todo lo demás: el punto podía ser industria, identidad y, con el tiempo, un símbolo francés. Léon Legallais decidió lanzar la primera prenda firmada Saint James: el icónico jersey de rayas del pescador bretón, asumiendo un ADN propio, a golpe de punto, funcionalidad y durabilidad, alejando progresivamente la empresa del negocio de lana en bruto.
La prenda de pescador fue diseñada para hombres que pasaban hasta siete meses faenando en el Atlántico Norte. El chandail marin, como lo llamaban, nació para trabajar, no para gustar. Denso, pensado para humedad y frío, casi impermeable por lo apretado de la malla, fue uniforme antes que mito. Su nombre tuvo un origen popular: los pescadores galos que vendían ajos en Inglaterra gritaban marchand d’ail, un sonido que los británicos condensaron en chandail. La prenda se convirtió en uniforme de los Terre-Neuvas, pescadores de bacalao frente a las costas de Terranova.
Saint James ha evolucionado, a lo largo de sus 130 años, del uniforme de mar a un icono francés
Con la posguerra, Saint James dejó de vender madejas y concentró el negocio en su pull marin, hoy marca registrada. Lo que vendía no era novedad, sino era duración. Esa decisión, tanto industrial como de producto, fue la que permitió hablar de continuidad sin nostalgia. En los años cincuenta, Julien Bonte asumió la dirección de la empresa en un contexto de reconstrucción económica.
Por aquel entonces, Saint James abandonó su carácter de pequeña empresa, cesando definitivamente la venta de madejas y se concentró en la fabricación del Vrai Pull Marin, su jersey de rayas más emblemático y hoy convertido en marca registrada. Esta decisión estratégica coincidió con un nuevo modelo social que, en aquella época, privilegiaba en el ocio y el tiempo libre. La empresa se consolidó así como líder francés del punto náutico, reforzando su estructura industrial sin renunciar a sus métodos de producción tradicionales.
La marinière completó el relato. La prenda saltó del puerto al imaginario cultural y Saint James la convirtió en firma reconocible. La camiseta de rayas marineras trascendió rápidamente a nuevos ámbitos. Intelectuales y artistas como Picasso la adoptaron como uniforme creativo y símbolo de modernidad funcional.
La ampliación de las vacaciones pagadas transformó la relación de los franceses con el mar. Durante los sesenta y setenta, la navegación recreativa y el turismo litoral impulsaron el estilo náutico como moda. Y Saint James supo interpretar este cambio cultural, ampliando su oferta más allá del punto e incorporando camisetas, pantalones y nuevas categorías. La estética marinera se democratizó sin perder su vínculo con el trabajo y la funcionalidad. A partir de los ochenta, la compañía inició su expansión internacional en Japón, un mercado especialmente receptivo. Posteriormente, la marca se implantó en otros países sin deslocalizar su producción.
De la propiedad obrera al ‘Patrimoine Vivant’
En 1990, para preservar el empleo y mantener la producción en Francia, la empresa fue adquirida por sus propios empleados. Este modelo de propiedad poco habitual reforzó entonces la cohesión interna y el compromiso colectivo. Saint James se reorganizó en grupos autónomos de trabajo, fomentó la polivalencia y la transmisión de conocimientos, y continuó su expansión internacional. La estabilidad social se convirtió en un activo estratégico dentro de una industria marcada por la deslocalización y, en lugar de trasladarse o abrir sucursales en otros polos, la compañía mantuvo su arraigo a las raíces locales, convirtiéndolas en su fuerza distintiva.
En 2012, Saint James obtuvo el sello Entreprise du Patrimoine Vivant (EPV), concedido por el Estado francés. Este reconocimiento, que no tiene equivalente como tal en países como España, es encargado de distinguir a las empresas con un saber hacer artesanal e industrial excepcional. En el caso de la compañía de la marinière, el sello pone el foco en oficios poco comunes, como el de las raccoutreuses, expertas en remiendo manual formadas internamente durante casi dos años y artesanas fundamentales en la confección de prendas bajo una técnica propia a la empresa. El EPV certifica una herencia viva, productiva y en constante transmisión.
Aunque la producción está parcialmente mecanizada, el papel del ser humano sigue siendo central. Saint James opera en su localidad de origen uno de los mayores talleres de punto de Europa, con más de 75 telares. Los maestros tejedores ajustan las máquinas, controlan cada panel y detectan defectos mínimos a simple vista. Este know-how experto se conoce en la industria gala como “la mano Saint James”. O lo que es lo mismo: un saber hacer que convierte la tecnología en herramienta, en lugar de proponer un sustituto del conocimiento humano. La mano de obra local es, además, uno de sus activos en términos de tradición y sostenibilidad.
La empresa francesa utiliza exclusivamente lana virgen nueva, procedente del esquileo de ovejas vivas y sanas. Actualmente, el noble tejido proviene de una cuidada selección que se realiza en Australia, Nueva Zelanda y Sudamérica. Tras el lavado, cardado y peinado, la lana se hila en Europa, principalmente en Italia, antes de llegar a Normandía, en Francia. Seguidamente, cada lote de material se controla con extremo celo antes de entrar en la cadena de producción de la compañía. Esta exigencia en la materia prima es clave para garantizar la resistencia, la regularidad del punto y la longevidad de las prendas conocidas como iconos atemporales.
Actualmente, Saint James emplea a más de 300 personas y cuenta con una red de alrededor de 60 tiendas en el mundo, de las que aproximadamente la mitad son propias. La compañía, que afianza su expansión con un modelo de confianza en franquicias, abre unos cinco nuevos establecimientos al año y mantiene su producción en Francia, decisión de costes más elevados, pero refuerza su posicionamiento, precio y trazabilidad. Su modelo económico se basa en volumen contenido, rotación lenta y valor añadido, alejándose deliberadamente de la lógica del fast fashion. En diseño, la empresa sigue alejada de las tendencias y apuesta por la permanencia.