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15 Dic 201713:57

El día que Amancio Ortega me despidió

Aún recuerdo cuando las hermanas de mis amigos comenzaban a trabajar. Todas eran canguros o profesoras de repaso extraescolar. Las generaciones cambian, y las tendencias también, y en la mía se dejó de llevar eso de cuidar a los niños de la vecina para dar paso al trabajo más de moda entonces: ser dependiente en cualquier cadena de Inditex.

 

Lo confieso, yo también fui un chico Inditex. Cuando me estrené en el mundo laboral, las opciones para poder combinar los estudios con un trabajo más o menos estable eran escasas.

 

Un día, en un trayecto en metro, vi un anuncio publicado en un periódico de tirada nacional en el que, en pocas palabras, me decía que “Inditex me quería a mí”. Buscaban gente joven, con ganas de trabajar en equipo y con horarios muy flexibles. No me lo pensé dos veces. Me conecté a Internet y mandé mi curriculum con muy pocas esperanzas de que me llamaran.

 

Dos días después recibí una llamada en mi móvil. Era del departamento de personal que Inditex tiene en la calle de Pelayo de Barcelona. Querían que me presentara al proceso de selección. Dos semanas después ya estaba trabajando en, según las palabras de la propia chica que me entrevistó, “uno de los Zara por el que más gente pasa cada año”.

 

El primer día de trabajo en un sitio nuevo siempre es raro. Me sentía fuera de lugar. Yo siempre había sido cliente, nunca empleado de una tienda así. La encargada no me dio muchas coordenadas, simplemente me dijo que me pusiera a “doblar camisetas”. Al fin y al cabo ese era mi trabajo. Me presentó a una persona de mi departamento y, en pocas palabras, me dijo que fuera yo quien hiciera el resto.

 

“Trabajamos por turnos, unos días te tocará fondo (que estaba al fondo del departamento), entrada, medio o proba (manera que tenían ellos de abreviar la palabra probador)”, me explicó una de las chicas con las que compartía turno. Mis compañeros fueron amables conmigo, pero sólo lo estrictamente necesario. Desde el primer día supe, como el 80% de las personas que trabajaban en aquella tienda, que era un puesto de paso y que no duraría mucho allí.

 

Lo que nunca pensé es que duraría tan poco. Un mes después, cuando yo ya sabía doblar camisetas a la perfección, me manejaba como nadie en el almacén y me conocía las colecciones de la casa de memoria, mi encargada me dijo que la compañía tenía que prescindir de mi por motivos (para nada comprensibles) diversos.

 

Nunca más volví a entrar en aquella tienda, ya sea por rabia o por discrepancias por la manera en que sus encargadas trataban a sus empleados, pero ahora me siento orgulloso de poder decir que uno de los grandes del negocio de la moda (bueno, no él en persona, claro) me invitó a salir de su empresa para, posteriormente, informaros a todos vosotros de cualquier movimiento mundial que hace su compañía día a día. Al fin y al cabo, el mundo es un pañuelo y todo pasa por alguna razón. Gracias Amancio.

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