Líder en información
económica del negocio
de la moda

Entorno

Lobbies: quién mueve los hilos del negocio de la moda

Silvia Riera

9 abr 2015 - 05:00

Un hombre de mediana edad, con traje caro e impoluto, paso firme y seguro, sube con calma los escalones del Capitolio, en Washington DC. Accede al interior del emblemático edificio y va en busca de los despachos. Él no trabaja allí, pero intercambia un saludo con todo aquel que se cruza en su camino. Sabe dónde se dirige, a qué puerta golpear y quién le recibirá. Conoce de sobra el camino. No es un funcionario, ni un técnico, ni un diputado, ni un senador.

 

Es un lobista. Esta escena se ha reproducido en Todos los hombres del presidente o, más recientemente, en House of Cards y, del mismo modo que ocurre tantas veces en el cine, la realidad sigue superando la ficción.Juanita D. Duggan, Mathew R. Shay o Carl Hugo Erbslöh son algunas de las personas que más influyen en las reglas del juego en la moda. Las acciones de un grupo reducido de personas, representando grupos de poder, son las que acaban influyendo en el devenir del sector en su magnitud global y pueden determinar el presente y el futuro de este negocio.

 

Sus nombres quizá resulten desconocidos para la mayoría de los ciudadanos, incluso para gran parte de los profesionales de la moda, pero sin embargo sus posturas y sus actuaciones resultan clave para el desarrollo del comercio, la distribución y la industria de la moda. Son los lobistas, los portavoces de un lobby o grupo de presión. A lo largo de los últimos años, el papel de estos profesionales ha sido determinante para redefinir el tablero de juego del negocio de la moda. Los movimientos de estos expertos en cuestiones como la liberalización del comercio internacional, el fomento de la deslocalización o la expansión del retail han contribuido a diseñar en las últimas décadas el actual escenario del sector.

 

Rodeado de bosques de castaños centenarios, hayas y encinas, en una de las suaves cumbres del parque natural del Montseny (Barcelona), se erige, discreta, pero lujosa, la masía que alberga el hotel Sant Bernat. En su vestíbulo se dieron cita un grupo reducido de personas compuesto por funcionarios del Ministerio de Industria y representantes del textil.

 

Durante dos días completos, todos ellos se aislaron de la siempre agitada y ruidosa Barcelona para definir las líneas maestras del plan de apoyo a las empresas para la reindustrialización, que meses después se firmó como el Pacto de Albaida de 2002 y que sirvió de plantilla para el resto de la actividad manufacturera en España. 

 

Fueron los últimos coletazos del poder del textil, una industria que fue estratégica para el desarrollo económico de Cataluña y de España hasta la entrada del país en la Comunidad Económica Europea (CEE). Ya entonces, ante las espectaculares vistas desde el hotel Sant Bernat, defender la industria textil, o la industria en general, era nadar a contracorriente, porque el viento hacía tiempo que soplaba en otra dirección: la deslocalización. 

 

Lobby bueno, lobby malo

En el imaginario del ciudadano europeo y, sobre todo, de los países del sur de Europa, hacer lobby es visto como algo negativo. Es habitual que el ciudadano perciba al lobby como empresarios multimillonarios ejerciendo presión sobre los diputados para que legislen a su favor a través de maletines repletos de billetes, viajes con gastos pagados u otro tipo de favores o dádivas. No obstante, la Real Academia de la Lengua define lobby como un grupo de personas influyentes, organizado para presionar en favor de determinados intereses. Los lobbies son mucho más que un puñado de grandes hóldings y su actuación acostumbra a ceñirse a la legalidad.

 

“Hacer lobbing no es ilícito, pero sí es cierto que tiene mala fama”, señala Raquel Insa, doctora en Economía de la Universidad de Barcelona (UB). Las empresas han desarrollado muchas fórmulas para hacer presión, ya sea a través de patronales, bufetes de abogados, compañías que ofrecen servicios de lobby o incluso con personal en plantilla ejerciendo esta misión. Pero, además de las empresas, también ejercen de lobby otras organizaciones, como sindicatos, ONG y otros movimientos civiles, aunque en muchas ocasiones no se reconozcan como tales.

 

“Son precisamente sindicatos y ONG las organizaciones que no se consideran grupos de presión aun siéndolo, simplemente porque el concepto tiene mala reputación social”, asegura la profesora, experta en política económica y estructura económica mundial.

 

Para sortear esta mala fama, muchos de estos grupos de presión se presentan ante la sociedad y la administración como grupos de interés. “Hay expertos puristas que diferencian con claridad los grupos de interés de los de presión, aunque en la práctica vienen a ser lo mismo”, asegura Insa. Según la profesora, la única diferencia es que “los grupos de interés son más amables socialmente hablando”, señala.

 

Pero todavía hay otro grupo con capacidad suficiente como para cambiar el curso de las cosas: los grupos de poder. Más allá de informar o de presionar, hay empresas o profesionales cuyas decisiones pueden ser cruciales para la evolución de todo un sector. No representan a ningún colectivo, ni social ni corporativo, sino únicamente sus propios intereses. En el negocio de la moda, uno de los principales grupos de poder es el mercado de futuros del algodón en Nueva York.

 

Las expectativas a futuros sobre las materias primas de un número muy reducido de traders son determinantes para engrosar o contraer los márgenes brutos de las marcas de moda, además de hacer temblar las políticas agrarias de los países productores. El encarecimiento o abaratamiento del algodón, una materia prima fundamental en este negocio, tiene una repercusión directa en los resultados de las compañías del sector, además de influir en el aprovisionamiento e incluso en el tipo de prendas que se vestirán en la siguiente temporada.

Lobbing

“Lobbing significa hacer vestíbulo”, explica Insa. El origen del concepto se remonta al primer tercio del siglo XX y hace referencia al vestíbulo que existe en el Parlamento británico y que da acceso a la Cámara de los Comunes. “Este era el lugar donde los lobistas asediaban (en el sentido de informar) a los Lords con el objetivo de que legislaran a su favor”, señala la doctora. 

 

“Para ser influyente ante la administración, para que te conozcan, te atiendan, te respeten y te escuchen, es necesario hacer muchos pasillos, darte a conocer e ir a todos lados”, explica Juan Canals, uno de los hombres fuertes del sector en la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (Ceoe) y en la Cámara de Comercio de Barcelona. “Si no es así, te recibe el último de la fila”, asegura.

 

“No puedes poner a cualquiera a hacer de lobby porque carece de los accesos”, explica Canals, que subraya que, en el caso concreto del textil, es indispensable tener tales accesos en los ministerios de Industria, Economía y Trabajo. “Las actuaciones no pueden ser en una sola dirección, sino que se tiene que tocar todas las teclas vinculadas en un proyecto”, asegura.

 

El lobista apunta además que, en el trato con políticos y funcionarios, “no puede actuarse diciendo yo quiero esto, sino que debe hacerse atendiendo a las sensibilidades ministeriales, teniendo en cuenta incluso las tensiones y las envidias internas”. “Hacer lobby es hacer un encaje de bolillos: llamar a muchas personas, hacer muchos contactos y esquivar muchos obstáculos”, explica.

 

“No se trata de tutear a los ministros, pero casi”, añade Salvador Maluquer, otro lobista de largo recorrido. Secretario general del CIE hasta 2013, Maluquer ha estado vinculado a la Agrupación Industrial Textil del Proceso Algodonero (Aitpa) y al CIE desde finales de los setenta. Maluquer sitúa como un lobista de referencia a Manuel Ortínez, empresario del textil catalán ya fallecido que, en sus memorias Una vida entre burgueses, relató las claves de una patronal “digna”: tener una sede emblemática, un periódico y un banco. “Y en su día, la industria algodonera lo tuvo”, recuerda Maluquer, haciendo alusión al edificio de la Gran Vía de Barcelona, al Correo Catalán y al Banc de Sabadell.  

 

Según el ex directivo, Ortínez, que llegó a ser hombre de confianza de Josep Tarradellas (el primer presidente de la Generalitat de Cataluña después del Franquismo) hubiese ido incluso más allá y hubiese añadido a estos tres elementos la necesidad de incentivar a una persona de confianza y próxima al sector para que ejerciera la carrera de funcionario y entrara en la administración y, una vez allí, tuviera la sensibilidad de escucharles y atenderles. “Esto es tener poder, realmente”, subraya.

 

No obstante, y con voluntad de quitar hierro al asunto, Maluquer asegura que aquello eran otros tiempos y que ahora, con una sociedad mucho más compleja que la que hubo en el Franquismo tardío y la Transición, “el lobby empresarial se resitúa en una posición totalmente diferente”. En el caso del textil, además, la pérdida de su peso industrial en el país a lo largo de las últimas décadas ha llevado consigo una merma de su grado de influencia. 

 

Los límites de la presión

El poder de influencia de un lobby se basa en abarcar y apretar. La magnitud la dan las cantidades, ya sea por el número de miembros a los que se representa, el negocio que genera un sector o el número de trabajadores a los que implica. También es importante, en este sentido, la reputación social y la simpatía que tenga un lobby ante la opinión pública, un factor clave para tener a su favor los medios de comunicación y multiplicar la presión. Por último, el poder de los lobbies se asienta en su capacidad de movilización.

 

A la hora de apretar, no todos los lobbies lo hacen con la misma fuerza. Existen diferentes grados de presión, desde la persuasión a la advertencia, pasando por la amenaza, la donación de dinero o incluso el sabotaje. Uno de los argumentos más utilizados por las patronales para presionar es recordar el número de puestos de trabajo que están en juego; por parte de los sindicatos, una de las herramientas más recurrentes es la amenaza de huelga general.

 

Pero, ¿cómo actúan los lobbies? ¿Y dónde están sus límites? Los lobbies no sólo informan. Además de explicar quiénes son, a quienes representan y cuál es su relevancia social y económica, los grupos de presión también persuaden, con informes, expertos o foros, e incluso con donaciones de dinero para financiar campañas electorales.

 

Es precisamente en las donaciones de dinero u otras dádivas, donde la actuación del lobby tropieza con la legalidad. La falta de transparencia en este tipo de acciones es donde se sitúa el límite de la presión. Estados Unidos (que regula los lobbies desde 1946) legisló de nuevo a favor de la transparencia en 2007 con una ley que obliga a políticos y funcionarios a dar cuenta de cualquier regalo que reciban. Según Insa, “cuando el lobby está regulado es más probable que gane prestigio”.

 

Europa ha empezado a preocuparse por los lobbies en el último decenio. En 2008, la Comisión Europea lanzó un primer registro de lobbies de carácter voluntario. Tres años después realizó un segundo registro, también voluntario, pero que exige una información más detallada sobre cada uno de los lobbies que operan en Bruselas.

 

En España, durante toda la legislatura de Mariano Rajoy, el parlamento ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre los lobbies. En Europa, sólo España, Portugal y Grecia no tienen regulada la actuación de los grupos de presión. En el pleno del Congreso de los Diputados celebrado a finales de febrero, se aprobó la propuesta para reconocer y legalizar los lobbies en el país.

 

La iniciativa contempla la creación de un registro que les dé acceso al Parlamento, la elaboración de un código de buenas prácticas y dar transparencia a su actuación, obligando a los diputados a publicar sus agendas, incluyendo las reuniones con los lobistas. Precisamente es la falta de transparencia, el oscurantismo y secretismo que en ocasiones rodea la práctica del lobbing, que la vincula a la corrupción, aunque ésta no exista. “Lobby no tiene que relacionarse con corrupción aunque puede llegar a corromper”, asegura la doctora en Economía.

 

“De hecho, coincide que en países con bajos niveles de corrupción, hay una buena legislación sobre las donaciones de dinero por parte de los lobbies”, añade. Pero, para Insa, todavía hay una práctica más perniciosa del lobbing que la corrupción y es la voluntad del lobby de presionar para eliminar competencia y establecer un escenario de monopolio.

 

En el caso de la moda, a pesar de que hay grandes operadores mundiales de retail que pellizcan importantes cuotas de mercado, es difícil que lleguen a alcanzar tales grados de concentración. Estos casos son más habituales en otros sectores, como el de la energía o las telecomunicaciones.

 

España  

Tanto el Pacto de Albaida, como sus dos antecesores, el Plan de Recuperación Textil de 1980 y el Plan de Intangibles de 1982, iban en la misma línea: reducir estructura industrial y reorientar el negocio hacia la moda, las marcas y la distribución. “El sector no estaba preparado para la entrada del país en Europa”, explica el presidente de la Agrupación Española del Género de Punto (Aegp), Juan Canals, quien recuerda que sólo en la década de los ochenta el sector perdió 100.000 puestos de trabajo.  

 

Otro de los elementos clave de la moda  en España, la Pasarela Gaudí, había nacido veinte años antes a raíz del Plan de Intangibles. Barcelona apostó fuerte por la moda y su entonces alcalde, un jovencísimo Pascual Maragall recién estrenado en política, apoyó el evento que tenía como fin promocionar la moda en España y, por contagio, Barcelona como ciudad de moda.

 

Madrid quiso también tener su pasarela y para liderarla se eligió a Leonor Pérez Pita, esposa del ex presidente de Telefónica y cuñada de Javier Solana, entonces ministro de Cultura. Fuentes cercanas a la creación de los dos certámenes aseguran que, si bien Gaudí surgió de manera espontánea, Madrid lo hizo por “el efecto sede” y “forzado políticamente, en pleno auge del café para todos”.

 

Mientras la industria textil española intentaba salvar los muebles con planes y pactos, en Europa se hablaba de deslocalización industrial. Business Europe y EuroCommerce, las patronales de patronales en Europa, tenían un discurso aplastante y que además iba en línea con el de los grandes lobbies empresariales estadounidenses del sector, como American Apparel & Footwear Association, United States Fashion Industry Association, National Retail Federation, Retail Industry Leaders Association o Footwear Distributors and Retailers of America, entre otros.

 

Todos ellos defendían trasladar a países en vías de desarrollo y con costes laborales bajos la producción intensiva en mano de obra para que actuara como motor de crecimiento económico en estas regiones y para ofrecer a los consumidores estadounidenses y europeos un producto de consumo mucho más barato. “La teoría era buena, pero la realidad fue catastrófica”, asegura el actual presidente del Consejo Intertextil Español (CIE), Alejandro Laquidain. Los precios al consumidor bajaron un 30%, pero los costes laborales descendieron para las empresas de manera drástica. “La deslocalización industrial en Europa fue una propina desmesurada de la que hoy pagamos las consecuencias”, añade el empresario.

 

Estados Unidos y Europa forjaron las bases para esta nueva etapa, a pesar de que en el viejo continente convivían posturas enfrentadas. “Había interés en los países del norte en que la industria textil desapareciese, bajo la máxima de que es preferible vender un Airbus que mil camisas”, aseguran fuentes cercanas a aquella negociación. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001, cuatro años antes de que expirara el Acuerdo Multifibras (que mantenía el sistema de cuotas en el textil) acabó de sentenciar el viejo orden económico mundial.

 

El calzado también se vio atizado por esta corriente liberalizadora. Desde 2005, la industria europea del sector también lucha por proteger la estructura que permanece en el continente tras el tsunami de la deslocalización. Uno de los caballos de batalla del calzado es el made in, es decir, lograr la obligatoriedad de etiquetar en todos los artículos que se comercialicen en Europa con el lugar de procedencia. De hecho, la regulación del made in ha vuelto a levantar recientemente en la Comisión Europea a las dos Europas: los países del norte, abanderados  de la apertura de fronteras sin límites, y los del sur, protectores de su saber hacer.

 

A pesar de la fuerte presión de Alemania y Reino Unido, dos de los pesos pesados en la Unión Europea, por dejar la cuestión del made in arrinconada y archivada, el Parlamento Europeo aprobó en abril de 2014 su obligatoriedad. Ahora, la pelota vuelve a estar de nuevo en la Comisión Europea, donde el calzado deberá hacer acopio de todos sus contactos para tener a su favor al máximo número de comisarios.

 

En este sentido, la responsable de promoción internacional de la Federación de Industrias del Calzado Español (Fice), Patricia Piñeiro, afirma que “también aquí hay presiones de grandes grupos de distribución y países, pero quien finalmente toma las decisiones es la Comisión Europea y éstas son decisiones políticas”.

 

El lujo es el único sector relacionado con el negocio de la moda que ha logrado ponerse a su favor a los máximos dirigentes europeos. La industria europea del lujo ha ido ganando posiciones en Europa en defensa de sus intereses, que se centran sobre todo en la lucha contra la piratería.  Su patronal, la European Cultural and Creative Industries Alliance, que agrupa al Comité Colberg, la Fundazione Altagamma o al Círculo Fortuny, entre otros, mantiene una estrecha relación desde hace años con el político italiano Antonio Tajani, actual vicepresidente de la Comisión Europea.

 

A diferencia de los grupos de distribución de moda, que se provén con costes laborales bajos, el lujo sí está en sintonía con la propuesta de reindustrialización en Europa, basada en empresas de alto valor añadido. En este sentido, en marzo de 2014, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, destacó el modelo de la industria del lujo como la fórmula a seguir para el renacer de la industria en el continente. Lejos quedan los tiempos en los que el textil tuvo realmente músculo político.

 

Hoy, pocas excepciones, como la de Inditex, la principal empresa  española en capitalización bursátil, tiene realmente poder ante la administración. Sectores como el financiero, el energético o el farmacéutico han ganado la batalla a la moda en España y en Europa. A diferencia de sectores como el automóvil, no habrá más planes Pive para el textil, que si bien tiene a tres gigantes, como Inditex, Mango o Desigual, está atomizado en pequeñas y medianas empresas.

 

La misma sede señorial de la Casa del Algodón alberga hoy el Cotton House Hotel, un cinco estrellas de la cadena Marriott. Quizá en sus lujosos salones, aquellos en los que la industria textil española recibió en su día a los funcionarios ministeriales, volverán a ser escenario de futuras negociaciones para nuevos lobbies.

 

 

¿Cómo funcionan los lobbies? ¿Cuáles son los hilos que deben moverse para acercarse al poder e influir en él? Uno de los primeros pasos para ejercer presión es tomar posiciones allí donde está el poder. Bajo esta premisa, la mayoría de lobistas ocupan sus puestos en los dos núcleos duros del poder en el mundo: Washington DC y Bruselas.

 

Este es el primer punto del decálogo de las tácticas del lobista, que en 2013 publicó el Corporate Europe Observatory, uno de los organismos que vigila de cerca la labor de los lobbies. Además de acercarse a los epicentros del poder, otras  herramientas para hacer lobby, según la organización, son: instalarse en una oficina lujosa y bien situada para ganar reputación; tener capacidad para entrar en uno de los millares de grupos de expertos que trabajan para la Comisión Europea; fichar a un ex dirigente o ex funcionario comunitario; contactar con un think tank que se sume a la causa; contratar a un bufete de abogados que ayude a redactar enmiendas para facilitar la labor a los eurodiputados; saber mezclarse también con los eurodiputados y cultivar con ellos relaciones informales; crear una organización tapadera si se quiere permanecer en el anonimato; diseñar un discurso alarmista sobre la pérdida de puestos de trabajo; enmarañar procesos que le son contrarios a sus intereses quejándose de falta de estudios e información, y por último, en el caso de querer negociar cuestiones que no interesa que trasciendan a la opinión pública, el lobista intentará derivar el debate hacia otras cuestiones secundarias.

 

Sin embargo, empiezan a oírse voces críticas con los conceptos tradicionales de lobby y de lobista. De hecho, ya hay quien considera que son conceptos que han quedado desfasados. “Hoy, hablamos de asuntos públicos o de diplomacia corporativa”, explica Yolanda Román, responsable de Asuntos Públicos de la consultora de comunicación Atrevia. Hoy en día, hacer lobby “consiste en construir el posicionamiento de las organizaciones en la vida pública, desarrollando su papel como actores económicos y sociales relevantes y defendiendo sus intereses legítimos, todo ello con transparencia y mucha comunicación”, asegura.

 

“Lobby se asocia a acciones de presión y nosotros preferimos construir, ayudar a los diferentes sectores a conocerse y comprenderse, a encontrar puntos de interés común y de acuerdo”, señala la experta, que antes de asesorar a empresas en asuntos públicos trabajó haciendo lobby en las ONG Save the Children y Amnistía International.

 

“El lobby tiene mala fama porque se asocia a acciones de presión, realizadas por intermediarios en representación de organizaciones con poder económico, actuando de manera opaca y desvinculada del interés general y nosotros, por ejemplo, planteamos justo lo contrario”, asegura Román. “Transparencia y comunicación son la clave, la primera genera confianza y la segunda permite contar qué se persigue y por qué es positivo”, señala.

 

En este sentido, Román afirma que para influir en política no es tan importante tener contactos como entender las dinámicas y los tiempos políticos. “No es tanto el quién como el cuándo y el cómo”, afirma la experta.

 

“Nosotros somos expertos en ayudar a tender puentes, negociar y alcanzar entendimiento y colaboraciones –señala Román-, las acciones van desde interlocuciones directas con decisores o con influencers y distintos actores políticos y sociales, hasta investigaciones, grupos de discusión o eventos públicos”.

 

 

Washington es la capital mundial de los lobbies y lo es por una razón muy clara: hasta el año pasado, Estados Unidos fue la primera economía mundial. A pesar de haber sido desbancada del liderazgo mundial por China, la economía estadounidense continúa siendo estratégica en el devenir económico global y cuenta con una larga tradición de lobbies.

 

En el negocio de la moda, el colectivo lobby cuenta con una larga trayectoria. Dos de las agrupaciones más influyentes en el país son American Apparel & Footwear Association (Aafa) y United States Fashion Industry Association (Usfia). La primera de ellas representa a más de un millar de grupos, entre los que se encuentran VF, Under Armour, PVH o Perry Ellis, además de importadores y filiales estadounidenses de empresas extranjeras, como Li&Fung o Luen Thai. Por su parte, Usfia, una agrupación que tuvo un papel determinante en la eliminación final del sistema de cuotas, trabaja ahora en la erradicación de todo tipo de trabas arancelarias. Esta organización cuenta entre sus socios con empresas como Macy’s, Quicksilver, JC Penney, Levi Strauss o American Eagle, entre otras.

 

La gran distribución también está representada a través de dos organizaciones, la National Retail Federation (NRF) y Retail Industry Leaders Association (Rila). La primera de ellas representa a compañías como Saks, LVMH, Brooks Brothers, The Neiman Marcus Group o JC Penney, entre otras. Bajo el paraguas de Rila, en cambio, se encuentran Nike, Gap, Target, Apple, Walmart, L Brands o Abercrombie & Fitch. Rila representa a más de 200 compañías, que generan una cifra de negocio total de 1,5 billones de dólares.

 

Del mismo corte liberal es Footwear Distributors of America (FDA), que agrupa a las grandes empresas del sector del calzado del país, como Aldo, Deckers, Skechers o Nike, así como marcas extranjeras como Clarks o Puma, importadores asiáticos, grupos de distribución como Walmart, Sears o Zappos y empresas de servicios.

 

Por otro lado, de carácter mucho más proteccionista, se presenta National Council of Textile Organizations (Ncto), representante de la cadena de valor del textil en el país, con empresas como Clariant, Dupont, Elastic Fabrics of America (Dogi), Fruit of the Loom, Greenwood Mills, Invista o Woolrich, entre otros. Ncto fue la instigadora de la denuncia de Estados Unidos a la política de subvenciones a las exportaciones textiles de China ante la Organización Mundial del Comercio (OMC).

 

El algodón también es clave en la estructura agrícola de Estados Unidos, el principal exportador mundial de esta materia prima. El sector se agrupa bajo el National Cotton Council, que representa ochenta empresas que generan un negocio de 120.000 millones de dólares.

 

En Nueva York, el epicentro financiero mundial, se determina el precio a futuros del algodón en el mercado ICE Futures, en el que participan gigantes de las commodities como Louis Dreyfus, Cargill, Glencore o Noble Group, y traders especializados como Flanagan Trading Corp o Price Future Group, entre otros.

 

 

Bruselas se considera la segunda capital mundial del lobby. Se calcula que trabajan en Bruselas entre 15.000 y 30.000 lobistas para unos 1.500 grupos de presión, según el Corporate European Observatory. El objetivo principal de los lobbies en Bruselas es la Comisión Europea, fuente de casi toda la legislación y políticas comunitarias. A medida que han aumentado los poderes del Parlamento, también ha crecido el interés de los lobbies: 1.800 grupos de presión están acreditados y más de 4.000 lobistas tienen pases de acceso.

 

Dos de los mayores lobbies que actúan en Bruselas son BusinessEurope y EuroCommerce. La primera de ellas representa un total de 39 organizaciones, entre las que se encuentra la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (Ceoe), además de 64 compañías, como Facebook, Intel o General Electric, entre otras.

 

EuroCommerce, por su parte, es la mayor agrupación empresarial europea del comercio. Están representadas en ella las españolas Anged, de grandes empresas de distribución, y la Confederación Española del Comercio (CEC). También se encuentran entre sus asociados la European Association of Fashion Retailers (Eafr), una de las patronales de mayor trayectoria en el comercio en Europa, aunque sin participación española, e Independent Retail Europe (IRE), la asociación empresarial del comercio independiente, entre cuyos miembros está la Asociación Nacional de Centrales de Compra (Anceco). EuroCommerce representa también a empresas como Carrefour, Decathlon, El Corte Inglés o Marks & Spencer, entre otras.

 

En el ámbito de la moda, una de las más relevantes es European Branded Clothing Alliance, que agrupa Inditex, Grupo Cortefiel, H&M, Nike, VF, Levi Strauss y Ralph Lauren, y que está presidida por el español Ignacio Sierra, director general corporativo del Grupo Cortefiel.

 

Los intereses de la industria textil y de la confección están representados por Euratex, que representa a 173.000 empresas con una cifra de negocio conjunta de 166.500 millones de euros y 1,66 millones de trabajadores. Euratex, donde está representada la industria textil española a través del Consejo Intertextil Español (CIE), es miembro a su vez de BusinessEurope y de Alliance for a Competitive European Industry (Acei).

 

En el ámbito del calzado, Bruselas es también sede de la Confederación Europea del Calzado (CEC), que durante muchos años estuvo presidida por Rafale Calvo y que, en la actualidad, tiene como secretaria general a la también española Carmen Arias. La industria del calzado ha sido uno de los lobbies más fuertes en defensa del made in.

 

También tiene sede en Bruselas IndustriAll, el mayor sindicato europeo de la industria que representa a 6,9 millones de trabajadores. La organización cuenta entre sus miembros con las divisiones del textil de CCOO y UGT.

 

La ciudad también acoge las oficinas europeas de Greenpeace, uno de los grandes grupos de presión de la industria textil, impulsor del programa Detox para reducir el uso de químicos nocivos en la cadena de producción.

 

 

 

Más allá de Bruselas, la moda mantiene todavía ciertos focos de poder en países donde continúa siendo un sector estratégico, como es el caso de Francia e Italia. En el mercado galo, la moda está representada por la Unión Française des Industries de l’Habillement (la federación francesa de la confección), que reúne a las diferentes agrupaciones empresariales del país, entre las que se encuentran la Fédération Française dU Prêt-à-Porter Fémenin, la Féderation Française de la Couture o el Institute Français du Textile et d’Habillement, entre otras.

 

El otro núcleo duro de la moda en Europa es Milán. Sistema Moda Italia (SMI) representa a casi 50.000 empresas y alededor de 420.000 trabajadores. Desde 2007, la patronal representa tanto al textil como a la moda y, desde hace unos años, cuenta con sede en Shanghái. Dentro de SMI se encuentra la Camera Nazionale della Moda, entre cuyos miembros están los estandartes del lujo con sello Made in Italy, como Prada, Gucci, Salvatore Ferragamo, Only The Brave o Valentino, entre otros.

 

En febrero, el Ejecutivo de Matteo Renzi (ex alcalde de Florencia, una de las cunas de la moda en Italia), anunció una inyección de cuarenta millones de euros en el sector, uno de los principales vehículos de promoción internacional del made in Italy. En el calzado, Italia es también uno de pilares de la industria europea a través de Assocalzaturifici, que representa 700 empresas de un sector que factura 7.100 millones de euros y genera 79.000 puestos de trabajo.

 

En España, a diferencia de Francia e Italia, el adelgazamiento de la estructura industrial en el textil ha ido acompañada de una pérdida de protagonismo ante la administración y el resto de organizaciones empresariales. La debilidad del sector se agudizó con la fractura en el seno de la patronal y la salida del Consejo Intertextil Español (CIE) de las dos organizaciones que representan al producto acabado, la Federación de Empresas Españolas de la Confección (Fedecon) y la Agrupación Española del Género de Punto (Aegp).

 

Fedecon y Aegp crearon en 2013 la Confederación Española de la Moda, en la que reúnen a industria, distribución, diseñadores y administración. El calzado, en España, está representado a través de la Federación de Industrias del Calzado Español, un peso pesado en la patronal europea del sector.

 

A pesar de no ser miembro de la Unión Europea, Turquía intenta tener protagonismo en el continente a través de Euratex. El país, uno de los principales proveedores de artículos textiles a los países europeos, cuenta con tres organizaciones empresariales con representación en Bruselas.

 

Por último, Suiza y Holanda son los otros dos polos. Suiza alberga al sindicato UNI Global Union, que representa a más de veinte millones de trabajadores; la Organización Internacional del Trabajo (OIT), y la International Textile Manufacturers Federation (Itmf). Holanda, por su parte, es sede de la ONG Clean Clothes Campaign y de la International Apparel Federation (IAF), que representa a alrededor de 150.000 empresas.

 

 

 

China se ha convertido en las dos últimas décadas en el epicentro de Asia y de la economía mundial. Desde el año pasado, y a pesar del frenazo en su crecimiento económico, el gigante asiático es la primera economía mundial, por delante de Estados Unidos. Tras abrazar sin complejos el capitalismo, el mercado chino ha tenido que realizar la cuadratura del círculo, mantiendo monopolios estatales en un entorno aparente de libre competencia con la entrada de compañías extranjeras.

 

Más que de lobbies, en China se habla de grupos de interés por la fuerte interrelación que existe entre lo público y lo privado. En el caso de la industria textil, la China National Textile & Apparel Council (Cntac), que agrupa a 34 organizaciones empresariales del sector en el país, cuenta entre sus miembros con el Sub-Council of Textile Industry, el brazo de promoción exterior del Gobierno de Pekín. El actual presidente de Cntac, Wang Tiankai, lidera también la International Textile Manufacturers Federation (Itmf). Esta organización representa un sector que emplea a 23 millones de trabajadores en el país y genera el 39% de las exportaciones globales de ropa y el 35% de las de textil.

 

El encarecimiento de los costes laborales en China y el consecuente traslado de parte de la producción textil a otros países del Sudeste Asiático ha puesto en el mapa otras economías emergentes como Bangladesh, Camboya o Vietnam. La presión de sindicatos como IndustriAll o UNI Global Union, así como ONG como Clean Clothes Campaing o Greenpeace, han puesto de relieve las condiciones laborales y medioambientes de los operadores del textil en estos países.

 

Sin embargo, no fue hasta la tragedia provocada por el derrumbe del Rana Plaza, en Bangladesh, cuando los grandes grupos internacionales de la distribución tomaron cartas en el asunto. Por primera vez, los operadores occidentales de la moda se unieron en dos plataformas, Accord on Fire and Building Safety in Bangladesh y Alliance for Bangladesh Worker Safety, para hacer presión sobre el Gobierno bengalí y la patronal de la industria del país para mejorar la seguridad en las instalaciones de las fábricas y las condiciones laborales de los trabajadores. En el caso de Accord, también incluye a sindicatos y ONG.

 

Las grandes compañías de la moda también fueron determinantes en la última alza salarial en Camboya. Tras años de huelgas y enfrentamientos con la policia, el Gobierno de Phnom Penh dio su brazo a torcer, con el visto bueno de la Asociación de Fabricantes de Ropa de Camboya (Gmac, en sus siglas en inglés), en la subida del salario mínimo después de que Inditex, H&M, Primark y C&A, entre otros, se sumaran a la reivindicación de los trabajadores.

 

Por último, en el caso de Vietnam, la industria textil del país está contralada por Vinatex (Vietnam National Textil & Garment Corporation), el conjunto de empresas textiles controladas por el Gobierno del país. El año pasado, la empresa dio el salto al parqué y abrió el 90% de su capital, aunque la mitad regresó a manos del Ejecutivo, que sigue controlando el 51%.