Entorno

2018, el año en que la ola del populismo amenazó con poner en jaque la economía global

El auge de los movimientos populistas, con el proteccionismo como tendencia al alza, amenazan con frenar el comercio global y la economía. Según los expertos, el peor escenario podría ser la estanflación (inflación, pero con estancamiento económico) o, en palabras del economista jefe del FMI, un mundo “más pobre y más peligroso”.

Iria P. Gestal

18 dic 2018 - 04:54

2018, el año en que la ola del populismo amenazó con poner en jaque la economía global

 

 

“¿Ustedes son de los que creen que una dictadura en Alemania no sería posible, no es así?” – pregunta el profesor-; “ni de broma, eso ya lo hemos superado”. Así comienza La Ola, una película en la que un grupo de alumnos recrea, casi sin darse cuenta, un estado autoritario en la Alemania de 2008.

 

El mundo, igual que los alumnos de La Ola, ha visto en 2018, justo diez años después, cómo logros históricos que se daban ya por sentados comenzaban a tambalearse. Frases como “eso no puede ocurrir aquí” se repitieron en corrillos, bares y periódicos de todo el mundo a medida que otra ola, la del populismo, se extendía desde América a Europa. Si 2017 fue el año de la alerta, 2018 ha sido el de la consolidación de esta nueva oleada que empieza, ahora ya sí, a trasladarse también a la economía.

 

Donald Trump concluyó en enero su primer año en la Casa Blanca sin demasiados sobresaltos. Sus grandes promesas de campaña, como el muro en México o las restricciones al comercio, no se habían cumplido, el Dow Jones batía récords casi a diario y el paro estaba en descenso. Después de un 2017 de sobresaltos, el mundo parecía haber dado un respiro.

 

 

 

 

Pero el 22 de marzo, la historia dio un nuevo vuelco en forma de memorando. Ese día, Trump firmó una orden formal en la que ordenaba al Representante Comercial de Estados Unidos que se aplicasen aranceles por valor de 50.000 millones de dólares a la importación de productos chinos. Era el pistoletazo de salida a la guerra comercial, el paso definitivo para comenzar revertir casi un siglo de globalización.

 

China respondió con aranceles a 128 productos estadounidenses, incluyendo aviones, automóviles, frutas y ciertos artículos de acero. La escalada de amenazas continuó a lo largo de todo el año, con Washington y Pekín añadiendo más artículos a las categorías afectadas por la subida.  En paralelo, Trump abrió un nuevo frente al amenazar con imponer tasas del 25% al acero y del 10% al aluminio europeo para proteger la industria estadounidense.

 

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, respondió diciendo que la Unión Europea aplicaría “aranceles a Harley-Davidson, Bourbon y Levi’s” si se cumplía la promesa de Trump. En julio, Bruselas y Washington pactaron una tregua, pero las amenazas no han cesado.

 

 

 

 

 

De Washington a Roma

El populismo ha irrumpido en un contexto en el que todo parecía ir bien en Occidente: setenta años después del fin de la II Guerra Mundial, del final de Hitler y Mussolini y de la creación del Gatt (preludio de la Organización Mundial del Comercio) y con la economía recuperada después de la última crisis. La globalización, las conquistas sociales, la democracia y la propia economía en países como Estados Unidos parecían gozar de buena salud.

 

Sin embargo, la desigualdad, la percepción de que el “reparto” en la globalización no ha sido equitativo y de que la apertura el mundo ha puesto en peligro los valores y la economía nacional ha dado lugar a grupos de población desencantada y seducida por el discurso de “ellos frente a nosotros” o “el pueblo frente a las élites” que utilizan los populistas.

 

“Históricamente, la unificación de los mercados nacionales ha requerido un proyecto político inequívoco dirigido por un ejecutivo central fuerte”, explica el economista Dani Rodrik en su estudio Populism and the economics of globalization. “Nada comprable existe globalmente, y la experiencia europea da motivos para ser escéptico de que algo parecido pudiera ocurrir siquiera a escala regional –prosigue-; “en un mundo dividido políticamente, los mercados se enfrentan a su vez a potentes fuerzas centrífugas”.

 

 

 

 

En 2017, el Made America Great Again y el America First que encumbró a Trump llegó a Europa en forma de Frente Nacional en Francia y de Brexit a Reino Unido, llevó a la ultraderecha al poder en Austria y la coló en el Bundestag alemán.

 

En 2018, la ola ha seguido extendiéndose, llegando a otra de las grandes potencias europeas. Apenas un mes después de que la coalición de la UCD de Angela Merkel con los socialdemócratas alemanas diera un respiro a Europa, devolviendo la confianza en el proyecto comunitario tras la irrupción de las fuerzas antieuropeístas en Alemania y Francia, las elecciones italianas terminaron por consagrar el avance del populismo en el Viejo Continente. El Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte se hicieron con la victoria, rompiendo con el orden político que prevalecía en el país desde el fin de la II Guerra Mundial.

 

Ambas fuerzas, euroescépticas, terminaron pactando para formar Gobierno con Giuseppe Conti al frente, aunque ha sido Matteo Salvini, vicepresidente y ministro del Interior, quien ha liderado públicamente la conquista del populismo en el país.

 

 

 

 

En Latinoamérica, por su parte, los expertos apuntan ya a un viro de los populismos de izquierdas (encarnados por Kristina Kichner en Argentina, Evo Morales en Bolivia o Hugo Chávez en Venezuela) hacia los de derecha y extrema derecha, una tendencia que comenzó a cristalizar el pasado octubre con la elección como presidente de Brasil de Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal. Como Trump, Le Pen o Salvini, Bolsonaro hizo de la xenofobia y el rechazo a la pluralidad su caballo de batalla durante la campaña, en la que su lema fue “Brasil encima de todo, Dios encima de todos”.

 

Todos estos movimientos, hasta ahora locales, podrían solidificar en un movimiento supranacional de la mano de Steve Bannon, ex estratega jefe de la Casa Blanca durante los siete primeros meses de mandato de Trump, que se ha propuesto reunir a todos los grupos de la derecha populista europea bajo el paraguas de lo que él llama The Movement (El Movimento). 

 

El objetivo es convertirse en un think tank con el que dar alas a la derecha dura europea, especialmente de cara a las elecciones al Parlamento Europeo del año que viene, que serán una prueba de fuego para este tipo de movimientos.

 

 

 

 

Admirador declarado de Salvini y cercano a Le Pen y a Nigel Farage, ex líder del partido antieuropeísta británico Ukip, Bannon se ha acercado a la ultraderecha española como asesor de Vox. En el último año, el ejecutivo ha asesorado también a Fidesz de Hungría, Alternativa para Alemania, los Demócratas de Suecia, el Partido por la Libertad de Holanda, la Liga del Norte de Italia, el Partido de la Libertad de Austria y el Partido Popular de Suiza.

 

El Movimiento aspira a ser una suerte de la Internacional de la extrema derecha, tomando como modelo Momentum, la organización política británica que reactivó la izquierda en el país, con Jeremey Corbyn a la cabeza. Según el propio Bannon, su objetivo es convertirse en la antítesis de Open Society, la fundación del magnate George Soros.

 

 

¿Hacia una nueva crisis?

El Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) ya han comenzado a advertir del impacto que el populismo puede tener en la economía global, especialmente en lo que se refiere a las restricciones al comercio. Lo mismo ha hecho en sus últimas reuniones el G-20, donde países como Alemania y Francia han insistido en el populismo como una de las grandes amenazas para el crecimiento.

 

Según la gestora británica de fondos Schroders, el auge de estos movimientos tendrá como consecuencia un mundo más fragmentado y con mayor tendencia a la inflación. La compañía explica que si el populismo deriva en una reversión de la globalización, el comercio global se encogería y el crecimiento de la economía se debilitaría.

 

“Las industrias se replegarían en sus mercados domésticos; la productividad, que se ha beneficiado de la apertura de la competencia, se ralentizaría todavía más; y las compañías se enfrentarían a grandes desafíos para captar talento y aprovisionarse”, apunta la gestora.

 

 

 

 

“En general -prosigue-; estaríamos considerando un entorno más estanflacionario (aumento de precios, subida del paro y estancamiento económico), donde los rendimientos de los bonos son más altos y los mercados de renta variable cotizan con valoraciones más bajas”.

 

En su último preludio a un informe anual como economista jefe del FMI, Maurice Obstfeld lo explica así: “sin más políticas inclusivas, el multilateralismo no puede sobrevivir; y sin el multilateralismo, el mundo será un lugar más pobre y más peligroso”.

 

Más allá de los escenarios hipotéticos, coincidencia o no el auge del populismo ha coincidido con una desaceleración de la economía. El primer síntoma es la desaceleración del comercio, que ha sido en las últimas décadas el principal motor de la economía global. En su último informe de previsiones, publicado en octubre, el FMI redujo sus previsiones de crecimiento para el comercio, situándolo en el 4,2% para 2018 y el 4% para 2019 (0,6 puntos y 0,5 puntos por debajo de las anteriores estimaciones, respectivamente).

 

 

 

 

Esta desaceleración impactará directamente en el crecimiento económico, al que afectarán también la normalización de las políticas monetarias de los principales Bancos Centrales después de los estímulos de la crisis. En septiembre, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) sentenció que “el crecimiento global ha alcanzado su punto máximo”, aludiendo a factores como la guerra comercial entre sus principales preocupaciones.

 

El organismo anticipa un crecimiento del 3,5% para 2019, por debajo del 3,7% previsto para 2018. También el FMI ha moderado sus expectativas de crecimiento. En su último informe de octubre, el organismo anticipa una subida del 3,7% para 2018 y 2019, lo que supone una rebaja de 0,2 puntos frente a las anteriores previsiones.

 

La entidad subrayó que los impactos de la política comercial y de la incertidumbre se están haciendo evidentes a escala macroeconómica, mientras que se acumulan “indicios anecdóticos” del impacto que puede tener en las empresas. “La política comercial es un reflejo de lo que sucede en la política, y esta sigue siendo inestable en diversos países, lo que presenta riesgos adicionales”, subrayó Obstfeld en la presentación del último informe de perspectivas del fondo.

 

 

 

 

 

 

“Para evaluar la gravedad de las amenazas al crecimiento, debemos preguntarnos de qué forma responderían los gobiernos si se materializaran los riesgos y se produjera una recesión generalizada: la respuesta no es tranquilizadora”, sentenció.

 

Las dos grandes potencias mundiales, Estados Unidos y China, también desacelerarán como consecuencia de la guerra comercial. El FMI mantuvo su previsión del 2,9% para Estados Unidos y del 6,6% para China en 2018, aunque anticipa una rebaja hasta el 2,5% y el 6,2%, respectivamente, para 2019.

 

El Banco Central Europeo, por su parte, prevé un alza del 2% para la eurozona en 2018, del 1,8% en 2019 y del 1,7% en 2020. Mario Draghi, presidente de la entidad, alertó sobre la incertidumbre derivada del proteccionismo, la debilidad de los países emergente y la volatilidad de los mercados financieros para moderar sus previsiones en una décima para 2018 y 2019.

 

 

 

 

Según un modelo predictivo elaborado por JP Morgan, la próxima crisis global se producirá pronto. El banco de inversión vaticina una recesión para 2020, aunque menos aguda que la anterior. La entidad anticipa, por ejemplo, una caída del 20% en los índices bursátiles de Estados Unidos y de hasta el 48% en los de los emergentes. Algunos indicadores macroeconómicos comienzan a alertar también de una nueva crisis global.

 

La curva del rendimiento del bono estadounidense, utilizado por los economistas como un análogo de los mercados globales. En 2017, esta curva comenzó a aplanarse, lo que significa que la brecha entre el rendimiento del bono a dos años y a diez se ha estrechado. Este proceso suele ir asociado a un cambio en las expectativas de los inversores, y se ha producido antes de cada una de las últimas siete recesiones.

 

Sin embargo, pese a los avisos de las élites económicas y a los muchos “eso no puede ocurrir aquí”, la ola del populismo sigue expandiéndose.  Aunque no es comparable con los movimientos populistas como Trump o Le Pen, es el mismo de “el pueblo contra las élites” el que ha llevado a la calle a las decenas de miles de chalecos amarillos en Francia.

 

 

 

 

Un movimiento sin líder ni ideología que se ha plantado contra Macron, un político formado en la Escuela Nacional de la Administración, de donde han salido todos los grandes líderes del país, y que encarna para muchos las élites francesas. Aunque el germen de los ginet jaunes fue la subida de los impuestos a los carburantes (una medida en la que Macron acabó cediendo, posponiendo la subida), el movimiento ha terminado sumando a nuevos colectivos y reivindicaciones, como la pérdida del poder adquisitivo, las políticas fiscales o las medidas de reparto social.

 

En España, la única gran potencia europea que había escapado al avance de la ultraderecha, citada a menudo como “la gran excepción”, el populismo de derechas irrumpió de la mano de Vox, un partido hasta entonces marginal, que logró hacerse con doce escaños en las elecciones parlamentarias de Andalucía.

 

La formación ultranacionalista, xenófoba y antieuropeísta se aprovechó de las mismas pulsiones que lo hizo Trump en Estados Unidos o el Brexit en Reino Unido, pero sumadas además a un contexto nacional muy particular, tras un año de recrudecimiento de la crisis política en Cataluña y en un entorno de desafección de la clase política después de años de oleadas de casos de corrupción.

 

Como en La Ola, todo lo que se había dado por logrado parece haber comenzado a revertirse justo cuando el mundo comenzaba a cantar victoria, y la crisis que se avecina podría dar incluso más alas a este tipo de movimientos. Hoy, el mundo está escribiendo las próximas páginas de su historia, y en juego está definir si serán más prósperas o, como decía Obstfeld, más pobres y más peligrosas.