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17 Dic 201700:05

Adolfo Domínguez y ‘los otros’

Nuevo equipo gestor de Adolfo Domínguez

 

El pasado viernes, la pequeña localidad ourensana de San Cibrao das Viñas fue testigo de una escena inusual. En una de las naves de su polígono industrial, sin cartel que la identifique, esperaban a entrar un grupo de personas que hacía años que no visitaban aquella zona: periodistas.

 

La presentación de resultados del pasado viernes, abierta a la prensa, fue sin duda un símbolo de cambio en Adolfo Domínguez.  La razón de este acercamiento era sacar pecho de los resultados del segundo semestre: explicar que, si bien el año había ido –otra vez–, mal, el cambio en el equipo gestor comenzaba a dar sus frutos.

 

Pero el encuentro fue también convertido en una ocasión de echar balones fuera. Durante toda la jornada, los nuevos directivos y el propio Adolfo Domínguez no pararon de referirse a “otra gente”, en referencia al equipo capitaneado por Estanislao Carpio que dirigió la empresa durante los últimos cuatro años.

 

“Nos llevaron casi al punto de desastre”, dijo Domínguez. “Arrastramos una inercia negativa”, dijo Caramés. “Lo hacían muy mal”, repitieron varios miembros de la nueva cúpula.

 

Cuando los resultados no son los esperados, hay empresas que culpan al tiempo, compañías que lo atribuyen a los tipos de cambio y otras que dicen que es culpa de ese nuevo consumidor, los millennials, que, oh, sorpresa, no compran como lo hacían sus padres. Compañías que dicen que todo es culpa de otros, de los otros, que no lo hicieron como debían y ahora nos toca a nosotros arreglarlo.

 

También hay otras empresas –pocas– que sólo hablan de lo que pueden controlar: su negocio, sus tiendas, su estrategia. “No nos gusta hablar del tiempo”, decía Pablo Isla, presidente de Inditex, en la última presentación de resultados. No es casualidad que sea la mayor compañía del sector.

 

Cuesta creer cómo el máximo accionista de una empresa, que ahora asegura que los anteriores gestores estuvieron a punto de llevarla al desastre, consistió durante varios años que esos a quienes ahora califica de ineptos pilotasen su compañía.

 

Quizás hay alguna verdad esclarecedora (“hay más cosas que ya se sabrán”, decía el viernes Domínguez), que impide ver lo que en inglés llaman la big picture. Hasta entonces, quizás el señor Domínguez debería recordar cómo terminaba la película de Amenábar: no había otros, ellos eran los fantasmas.

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