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19 Nov 201711:35

El estreno en la moda del Thyssen con Givenchy

 

El Museo Thyssen se estrena el próximo día 22 en el ámbito de las exposiciones de moda. Estaba previsto que este bautismo se iniciara con una exposición dedicada a Valentino, pero las negociaciones no llegaron finalmente a buen puerto. A comienzos del pasado mes de julio el museo anunciaba que se estrenaría en el terreno con una retrospectiva sobre Givenchy. Una alternativa bien elegida y especialmente interesante por los nexos del modisto francés con España.

 

Es previsible que en los próximos días leamos muchas semblanzas en torno a la figura de Givenchy: dónde nació, de qué estrato social era su familia, porqué decidió dedicarse al mundo de la moda, cuándo fundó su propia marca de moda, cómo conoció a Audrey Hepburn y la historia de cómo ella se convirtió en la principal embajadora de la casa Givenchy, etc.

 

Leeremos también opiniones del propio Givenchy sobre la moda de hoy, quizás sobre la actual marca que lleva su nombre. Todos son, sin duda, aspectos interesantes. Pero probablemente, por encima de todo lo demás, le escucharemos hablar con especial cariño sobre Cristóbal Balenciaga.

 

¿Por qué Givenchy admira tanto a Balenciaga?

 

Existen unas cuantas razones, y existirán, quizás, otras que iremos conociendo con el paso del tiempo. Pero me gustaría aportar dos que pueden responder a la pregunta:

 

1. La primera es que el modisto de Guetaria financió a Givenchy para que pudiera ser un espíritu libre. Sí. En su biografía autorizada cuenta el modisto francés que, en 1954, inmediatamente después de haber conocido a Balenciaga, le llegó una interesante oferta para producir una línea de prêt-à-porter. Pero añade que no era evidente aceptarla; tenía una participación minoritaria de su empresa y era consciente de que aceptar le exigiría mucho trabajo y escaso retorno. Estaba inmerso en un mar de dudas y tuvo ocasión de consultarlo con Balenciaga. “Tienes que conseguir ser independiente”, le dijo el modisto vasco. Le aconsejó hablar con el abogado de Christian Dior, “el único capaz de resolver un asunto económico y jurídico tan complejo”. El juicio del experto coincidió con el de Balenciaga, que aconsejaba a Givenchy resolver su situación de socio minoritario en su marca lo antes posible.

 

Sin embargo, cambiar la situación no era fácil. Implicaba la inversión de una importante suma de la que no disponía. Con un “lo más importante es que puedas crear con libertad”, Balenciaga zanjó el asunto y le prestó la cantidad necesaria para resolver sus problemas empresariales. Había descubierto que aquel joven modisto francés tenía un indiscutible sentido de la elegancia y que podía tener un futuro prometedor en el ámbito en el que él llevaba trabajando ya más de cuarenta años. Quizás vislumbrara que había que dejar paso a una nueva generación con otra mentalidad, que podía hacer “ese prêt-à-porter” bonito, que él, no tenía previsto acometer. O, quizás, quisiera replicar de alguna manera la confianza que la marquesa de Casa Torres había depositado en él mismo, cuando le permitió confeccionarle aquél histórico vestido, que significó, “su entrada en la alta costura”, según sus propias palabras.

 

2. La segunda razón es que Balenciaga le aconsejó con insistencia que aprendiera la técnica de la costura para desarrollar todo su potencial en materia de buen gusto. El modisto vasco que llevó el oficio de la costura, según sus propios competidores, Dior y Chanel, a las más altas cotas de la perfección, vislumbró también las carencias técnicas del joven Givenchy. Le aconsejó que, para suplirlo y poder concretar sus ideas estilísticas, se rodeara de un equipo de buenas costureras, con amplia experiencia. Y como en el caso de la financiación, se adelantó prestándole algunas modistas en cuya profesionalidad confiaba. Carmen y Emilia Carriches, por ejemplo, que trabajaban en el taller madrileño de Balenciaga, y que durante varios años viajaron a París para ayudar al joven modisto a preparar sus colecciones de invierno, fueron personas clave en la formación del equipo de Chez Givenchy.

 

Conociendo estos dos capítulos, se entiende la razón por la que cuando Balenciaga decidió cerrar sus talleres y retirarse en San Sebastián, aconsejara a sus clientas, ansiosas y preocupadas porque no sabían quién les vestiría en adelante, que fueran a Givenchy. Habían pasado 14 años desde su primer encuentro en Nueva York y Balenciaga sabía que, a lo largo de ese tiempo, aquél joven modisto francés se había convertido en uno de los nombres indiscutibles de la moda y era un referente de la siguiente generación, llamada a mantener el rigor de la escuela tradicional de la alta costura francesa, compatibilizándola con ese prêt-à-porter “bonito y de calidad”, que él no se sentía con ganas de emprender, aun sabiendo que era el futuro.

 

No es una casualidad, por tanto, que Hubert de Givenchy sea el presidente de honor de la Fundación Balenciaga y haya sido uno de los más importantes artífices de que el Museo de Guetaria cuente con una extraordinaria colección de creaciones del modisto vasco.

 

Era apropiado, entonces, que el heredero estético de Balenciaga llegara por fin a España, y que lo pudiéramos disfrutar en un museo de la talla del Thyssen. Las casualidades no existen, dicen, y parece que era más adecuado para la incursión del museo en el campo de las exposiciones de moda que el elegido fuera alguien tan ligado estética y conceptualmente a nuestro modisto por excelencia. La sombra de Balenciaga es alargada y Valentino tendrá que esperar.

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