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15 Dic 201713:52

Reflexiones en torno al no voto femenino a Hillary y la moda

Michael Moore lo vaticinó en verano: “Las millenians no votarán a Hillary”. Los resultados electorales en USA han confirmado su inteligente predicción. Ellas tampoco votaron a Trump; sencillamente, se quedaron en casa y no fueron a votar. Hay interesantes lecturas sobre los distintos grupos sociales que más que votar a Trump, no han votado a Hillary.

 

Me interesa sobre todo el de las mujeres jóvenes, su nexo con la moda en el contexto de la política USA. Me gustaría compartir algunas reflexiones en torno al tema.

 

Hasta la fecha, el sector moda ha sido un sector estratégico en el aspecto de la publicidad y propaganda de los gobernantes americanos, especialmente, de los últimos pertenecientes al partido demócrata. Es lo que nos dice la historia.

 

Hasta la década de los 80 del siglo pasado, la prensa de moda se ha ocupado de las first ladies, republicanas y demócratas, de una forma, vamos a decir, informativa: en cuanto a las primeras damas acudiendo a eventos sociales, generalmente solidarios, en el contexto de las actividades propias de la mujer del presidente.

 

En 1998, Anna Wintour decidió cambiar esta política editorial y eligió a Hillary Clinton como protagonista de la portada del número de diciembre de Vogue. Por primera vez, la mujer de un presidente norteamericano (y del resto del mundo) se convertía en modelo de portada.

 

Y fue algo histórico. No solo por el hecho en sí, sino porque las estilistas de Vogue y Oscar de la Renta lograron una auténtica transformación estética de Hillary. A mucho mejor, se entiende.

 

La decisión de Anna Wintour estuvo motivada por su amistad con la primera dama, pero sobre todo, por la acuciante necesidad de incrementar las suscriptoras de la revista y de diversificar la tipología de sus lectoras. El momento inmediatamente posterior al escándalo Lewinsky, en el que la sociedad americana veía a Hillary como una mujer a la que le había sucedido algo terrible, era perfecto para lograr la empatía y solidaridad del espectro femenino. Y se logró el objetivo. El número de aquella portada ha sido el más vendido de la historia de Vogue.

 

 

 

 

Es un hecho que el affaire Lewinsky ha seguido planeando durante la campaña de Hillary a la presidencia. La sociedad ha cambiado mucho desde aquella portada de 1998. Si las mujeres de entonces fueron comprensivas con el hecho de que perdonara a su marido, una millenial de 2016, en una sociedad en la que la gente se divorcia por mucho menos, lo entiende con dificultad.

 

Especialmente, en el caso de una candidata a la presidencia de los Estados Unidos que pretende “llevar los pantalones”. Ella sigue representando a una mujer que fue humillada en público, cuando desde su mentalidad, debería haber hecho algo más que pasar página.

 

Entre el público femenino joven, esto no le ha ayudado en su candidatura a la presidencia. Y a pesar de que dicen que no le ha votado el público femenino sin estudios, seguramente tampoco, buena parte del que teniéndolos no supera los 40.

 

Los ocho años de la era Obama se han caracterizado por una presencia masiva de Michelle en la prensa, y particularmente, en la prensa de moda, con Vogue liderando el número de portadas dedicadas a la primera dama. Este exceso de presencia para crear una imagen cercana, de mujer real, de Michelle, interesada en la moda asequible y en impulsar a jóvenes diseñadores americanos, se habría vuelto contra sí mismo: ha podido agotar a la lectora tradicional  (“too much of Michelle”). El exceso de presencia tiene efectos positivos en el muy corto plazo pero en el medio, presenta signos de progresivo cansancio.

 

 

 

Este protagonismo en la prensa ha ido acompañado de reiterados eslóganes en torno al gran estilo de Michelle Obama. No es arriesgado plantear que muchas conocedoras de la materia-moda no comparten esta idea. Porque Michelle ha acertado en ocasiones, sin duda, pero ha estado desacertada en muchas otras.

 

Y la regularidad es esencial en la cuestión del estilo. Este bombardeo del estilo de Michelle en la prensa de moda puede haber aumentado su popularidad en determinados sectores femeninos, pero no en todos, que han podido verla sobrevalorada en ese apartado.

 

Esa percepción no ayuda a ser un personaje creíble, especialmente en un contexto en que la gente percibe que la realidad económico-social no era buena, como es el caso, en el fin de la era Obama. Hillary, a quien el público identificaba como la continuidad, necesitaba todos los votos de todos los sectores femeninos, y toda esta propaganda de su predecesora puede haberle perjudicado.

 

Las millennials no leen revistas de moda y las lectoras tradicionales también van disminuyendo. Es un hecho. ¿Por qué? La saturación del sector por la publicidad, más el efecto Internet, ha redirigido a las más jóvenes y a buena parte de las lectoras de las revistas de moda, hacia los canales online, la mayoría gratuitos y con una oferta de contenidos más personalizada.

 

En este contexto, llegar a públicos grandes y homogéneos es tarea imposible, el target se ha fragmentado en muchos tipos de público. En consecuencia, el efecto de la presencia de una primera dama en las portadas es prácticamente irrelevante en esa población femenina, cada vez mayor, que consume moda en otros canales distintos a la prensa en papel.

 

Si la sucesora de Michelle en la Casa Blanca decide trabajar activamente en la vertiente moda-imagen, tendrá que trabajar tres asuntos al menos: el del estilo, que la gente no lo vea como un aspecto sobrevalorado de la primera dama; medir la cantidad de apariciones en eventos y medios de comunicación (sobre todo, cuando vaya a ser protagonista);  y, la elección de el-los canales donde transita ese público femenino interesado en la moda, que no ha votado a Hillary,  pero al que tampoco Trump ha convencido.

 

 

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