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18 Dic 201704:37

Y Apple llegó al Nº1

En el último informe sobre las Best Global Brands 2013 de Interbrand nos encontramos con dos sorpresas en referencia al primer puesto:

1. Coca-Cola, la marca que se ha mantenido durante 13 años como la Nº1, abandona su lugar para pasar a la tercera posición; y

2. Apple toma el relevo por primera vez.

 

Dos marcas globales que cuentan con admiradores por su buen hacer, y, como es natural, también con detractores. Las marcas de éxito, como las personas, siempre levantan filias y fobias. Yo, vaya por delante, me declaro admiradora de ambas, y brandlover también.

 

Hace tiempo ya que la moda se ha convertido en algo que supera ropa y complementos para acabar siendo estilo de vida, concepto que engloba todos aquellos ámbitos que viven de la renovación constante de sus productos, como las bebidas y la tecnología, por ejemplo. Así que no se sorprendan si hoy voy a escribir sobre marcas en general y Apple en particular.

 

No voy a entrar en las polémicas que rodean a la marca, porque todas las marcas están gestionadas por personas, y son ellas las que aciertan o se equivocan, no la marca en sí.

 

Sólo quiero hablar de lo que Apple ha representado en mi vida, que no es poco, y por eso me alegro de que haya llegado al Nº1 en un ranking de referencia mundial. Porque estoy segura de que mi caso no es único.

 

Los usuarios de Apple nos hemos convertido en sus mayores evangelizadores. Y he aquí una muestra. Voy a hablar bien de la marca sin que me paguen, y voy a seguir pagando sus productos, que cuestan bastante más que los clones de la competencia. Y lo haré con gusto. Porque parafraseando a Coco Chanel, que fue una visionaria del branding en muchas cosas, la copia es un homenaje, y nunca será como el original. Será mejor, me dirán algunos. Tal vez, respondo, pero yo me quedo con la auténtica. Cosas mías.

 

Mi historia de amor con Apple es reciente: data del iPhone 4 a secas, así que vayan contando los años, que no son tantos y yo no me acuerdo porque para la tecnología soy un desastre. Lo que sí recuerdo es que desde que esas Navidades lo tuve en mis manos, me cambió definitivamente la vida.

 

Antes yo era una Miss Windows convencida. Nadie me sacaba del PC. Tuve unos cuantos, claro, desde Toshiba para los portátiles (los mejores, decían) hasta mi último HP, pasando por la experiencia DELL que no volvería a repetir porque me sentí perdida en la infinitud de sus modelos.

 

Así que cuando en SOFOCO se planteó empezar a renovar nuestros ordenadores y una de mis socias dijo “Vamos a comprar Apple”, arrugué la nariz. Pero bueno, mi PC todavía no estaba en trance de morirse, no tenía de qué temer.

En lo que respecta a mi agenda y mis To Do y mis contactos, usaba una Palm. Ahora lo recuerdo y me río, claro. ¿Quién recuerda hoy a Palm? Yo no. No la echo de menos para nada. Entre otras cosas, por lo que pesaba.

 

El “Vamos a comprar Apple” afectó también a nuestros teléfonos cuando decidimos renovarlos, porque como marca, SOFOCO quería ser coherente y que todas las socias ofreciesen la misma imagen de cara a los clientes.

 

Como usuaria de telefonía he comprado Motorola y Nokia. Nokia, sí, esa marca que hoy está en bancarrota, y de la que me encantaba su Connecting People, que sigo creyendo que es el mejor claim para una marca de esta categoría (yo lo uso en mi estado de WhatsApp). De Motorola recuerdo su Hello Moto y nada más. Es decir, ninguna me ofreció una experiencia para recordar. Ni me cambiaron la vida.

 

Pero el iPhone… Eso fue magia para mí. Y es por ahí donde empezó a seducirme la experiencia Apple. Todo al alcance de la mano. Manejable. Bonito. También el páckaging. Fácil de entender (como inexperta tecnológica que soy). Intuitivo. El producto habla por sí mismo, y refleja claramente la esencia de la marca, que de ser rupturista en sus inicios, haciendo honor a su arquetipo Rebelde, pasó después a ser innovadora bajo el ala del arquetipo Creador, con toda su gama de i-productos.

 

A partir de ahí, la cosa no tuvo remedio, porque es verdad que la experiencia Apple, a pesar de que empecé descargándome el iTunes en mi HP, está pensada especialmente para sus dispositivos. Así que no tardé en pedirme mi Mac, tener un iPod en casa (y más espacio en mis estanterías), y, finalmente, un iPad. Así ya estoy applelizada de por vida. Y feliz. Y evangelicé a mi marido, que era peor que yo con la tecnología, y que ahora está encantado. E intento evangelizar a todo aquel que se me pone delante con otro tipo de dispositivo que no sea el de la manzanita.

 

Porque formo parte de la comunidad Apple. Y somos muy fans. Y eso es algo irracional, lo sé y lo reconozco, porque te lo dicta tu parte emocional. Pregúntenle a Punset. O a Lindstrom. Les dirán que somos menos racionales de lo que pretendemos. Es culpa de la neurociencia, ella lo ha demostrado. Así que no son suposiciones mías.

 

Gracias a Apple he tenido conversaciones con personas que no conocía demasiado y que me han ayudado con mis dudas y así hemos reforzado lazos. He conocido la experiencia One to One. He puesto a prueba la atención al cliente con mi iPod (y con cierta alevosía, lo confieso, justamente para comprobar hasta dónde eran capaces de llegar) y ha salido indemne. Y yo más fidelizada. No sólo porque me solucionó el problema, sino porque lo hizo mejor de lo que me esperaba. Y con una sonrisa.

 

Como dato curioso he de decir que casi todas las marcas con las que he trabajado (de moda o no) siempre han dicho, en un momento u otro “Me gustaría ser como Apple”. Y a quién no. Tener millones de evangelizadores no es poca cosa. Ya no es sólo publicidad gratis. Es algo más. Es como pertenecer a una religión.

 

Pero para eso se necesitan tener las cosas tan claras como el visionario de Steve Jobs. Y poner al cliente y su experiencia en el centro de la marca. Y actuar en consecuencia. Por eso me cambió la vida para mejor, simplificándomela. Gracias a él y su equipo me comunico mejor y me siento creativa con mis dispositivos (esta vez sobre todo con mi Mac). Todos y cada uno de sus dispositivos me son muy útiles. Y los utilizo para mejorar mi mundo y mis relaciones, no sólo para hacer mi trabajo.

 

Hablas de productos, podrán decirme. ¿Qué sería de Apple sin sus iMac, iPod, iPhone, iPad? Seguramente lo mismo, porque hubiese inventado otros. Porque sus productos reflejan la esencia de la marca: la innovación puesta al servicio de una experiencia fácil para el usuario.

 

Apple, en realidad, no habla de productos (que también). Habla primordialmente de emociones. Yo misma he hablado de sus productos, claro, pero por lo que me hacen sentir. Apple me hace la vida más fácil. Y más bonita. Y no me la imagino sin ella. ¡Qué pocas marcas pasan el test del Obituario!

 

Apple me aporta. Y se ha convertido en una de mis marcas indispensables. Una lista, por cierto, muy muy corta. Llámenla lovemark o como quieran. Yo la llamo mi marca de tecnología. Y no cabe otra. Hasta que me traicione, como las personas. Pero si no lo hace, voy a seguir siéndole fiel. Seguramente de por vida, como a Cola Cao.

 

“Puede ser que no lo veas, pero siempre podrás sentirlo.” Apple acaba así uno de sus anuncios más recientes. Y yo me emociono cada vez que lo veo porque me llega al corazón: la tecnología me parece magia y Apple ha hecho que la sienta indispensable. Por hacérmela fácil. Por pensar en mi.

 

Estoy segura de que no soy un caso único, y formo parte de esa comunidad que ha llevado a Apple a ser la marca más valiosa del mundo. Porque una marca es, sobre todo, su percepción. Y aunque la experiencia que cada uno tiene con una marca sea íntima e intransferible, la percibimos de forma similar. Porque es una marca coherente y bien enfocada.

 

Apple se merece el podio al que ha llegado. Le deseo que por muchos años.

 

Y Mr. Jobs, allá donde esté, gracias por cambiarme la vida. Me la ha simplificado mucho, que ya tengo tendencia a complicármela sola.

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