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10 Dic 201723:41

Mi querido perro verde

Mi querido perro verde

 

 

Desde este nuestro primer punto de encuentro, los blogs de Modaes.es, quiero rendir un homenaje a mi amigo y compañero Carlos Delso. Excúsenme todas las licencias que pueda tomarme, porque hoy vengo a hablar de mi Carlos, aún a sabiendas de que, en su generosidad sin medida, otros también tendrán su Carlos. Pero hoy y aquí, es mi turno.

 

Estos días he leído otros homenajes y comentarios sobre él, y todos coinciden en lo mismo, como no podía ser de otra forma: Carlos Delso era un directivo experto del mundo del lujo; un sabio todoterreno que era feliz compartiendo; un apasionado del emprendimiento; un mentor entregado; una persona cercana y encantadora, siempre dispuesta a escuchar y aconsejar; un amigo leal. Yo viví todo eso con él, y lo único que me consuela es que tuve esa suerte.

 

Pero yo quiero escribir sobre mi relación con él, porque soy humana e imperfecta, y, por lo tanto, egoísta. Me gustaría gritar a pleno pulmón la rabia que siento ante la injusticia de la vida, pero mejor hago una de las cosas que mejor sé hacer que es escribir. Escribir lo que me pide el cuerpo sobre Carlos, para paliar el triste vacío que deja en mi vida, tanto personal como profesional. Cosas que vivimos juntos. Cosas que tuve la suerte de poder decirle, y algunas otras que no me dio tiempo. Porque en nuestra soberbia, los humanos nos creemos inmortales, y nunca encontramos tiempo para decirnos aquello que deberíamos. En cambio, siempre lo encontramos para decirnos aquello que no.

 

Así que disculpen esta carta egoísta, pero que sale desde lo más profundo de mi corazón. Porque cuando las ausencias duelen, sólo los recuerdos te permiten sobrevivirlas.

___________________

 

Mi querido compañero,

 

Esta es la carta que jamás hubiera querido escribir, la más triste, la que trata de una despedida. La semana pasada te fuiste sin avisar, y aún me cuesta asumirlo. Me he quedado sin amigo, sin compañero, sin colega, sin referente, sin consejero, sin cómplice.

 

¿Sabes que has sido el hombre que más piropos profesionales me ha echado? Twitter es testigo, aunque era mutuo. El caso es que tú no tenías por qué, y yo siempre te voy a estar agradecida por tu generosidad infinita, y por tu caballerosidad. Todos me han hecho la misma ilusión, pero el día que me escribiste y me llamaste ‘compañera’, ese día me dio un vuelco el corazón. Compañera. Con lo preciso que tú eras con las palabras… Ese es mi orgullo, haber sido tu compañera en el trabajo.

 

El lunes había llegado a Madrid con toda mi familia para pasar unos días de asueto. Te mandé un whatsapp para darte la sorpresa. Te alegraste tanto como para utilizar un emoticono con corazones. El martes por la tarde intentamos concretar una cita para vernos. Uno de mis whatsapps quedó sin respuesta. En ese momento no le di mayor importancia, pero me extrañó pasadas las horas. Tú, tan cumplidor, nunca dejabas colgada una conversación.

 

La noticia de tu muerte me la dio una amiga común a horas tempranas del miércoles. Desperté de golpe, incrédula y horrorizada. Las horas posteriores fueron uno de los tragos más amargos que me han tocado vivir, y por la noche sólo pude llorar, llorar y llorar sin control sobre mis lágrimas. Pensaba en mí, pensaba en tu familia, en los niños… No sé por qué te has tenido que ir de improviso, es la pregunta que todos nos hacemos en casos así, pero esta es la realidad de la vida: hoy estás, mañana tal vez no, y solemos olvidarlo demasiado a menudo.

 

A pesar de que tú me consideraste una igual desde que empezamos a trabajar juntos, yo a ti siempre te he considerado un maestro. Y, sobre todo, alguien con quien poder tener complicidad intelectual, especialmente desde que nos doctoramos al unísono. Porque, como hace poco dijo en una entrevista mi admirado Ignacio Peyró, “la compañía intelectual es siempre un consuelo para el alma y una necesidad”. Para mí quedan todas las conversaciones entorno a la moda, las marcas, el lujo, el branding, la vida. Aunque nuestra última conversación, muy reciente, versó, entre otras cosas, sobre el desván y las tejas de mi casa. ¡Qué cosas!

 

Estoy tan bloqueada que no consigo recordar cuándo nos encontramos en persona por primera vez, porque nuestro encuentro fue antes virtual (leyendo nuestros respectivos blogs aquí, en Modaes.es, y conversando en Twitter, corría 2014) que personal. Sólo sé que desde que intercambiamos nuestros móviles y mails (agosto de 2014), Carlos, mi whatsapp y correo ganó en sabiduría y amistad. Releyendo tus mensajes el otro día sentí un desgarrador vacío al enfrentarme a la realidad de que nunca más va a estar al otro lado.

 

A pesar de que tú y yo veníamos de ámbitos tan distintos (nuestros currículums no tienen absolutamente nada que ver), doy mil gracias a la extraña conjunción cósmica que un día hizo que te fijaras en lo que yo escribía sobre marcas en este medio y decidiste compartir no sólo el contenido, sino la filosofía de fondo. Ese fue el inicio de una bonita amistad que pasó poco después a convertirse también en una relación “de hecho” profesional: tengo el orgullo de poder decir que hemos trabajado juntos en algunos proyectos que han visto la luz, y también en otro que no, pero de los cuales hemos aprendido, compañero.

 

Repasando nuestra breve, pero intensa, historia, resulta que compartíamos muchas más cosas que nuestro interés por la moda y el branding. Nos une Asturias (yo decidí vivir ahí, tú tener una casa); hemos pasado juntos la ‘penitencia’ de escribir una tesis doctoral (¿recuerdas el veranito de 2015?); habernos doctorado el mismo año con pocos días de diferencia; haberlo hecho ambos Cum Laude; haber nacido el mismo año, en meses y días consecutivos; ser insaciables lectores; docentes entregados; apasionados de nuestro trabajo; aficionados al té, y amantes de la familia.

 

Como doctorandos fuimos muy cómplices, cualquiera que haya escrito una tesis sabe lo que se sufre, y ambos fuimos hombros amigos sobre los que descargar nuestras respectivas dudas y comentar nuestros avances. Tus ánimos fueron una gran gasolina para seguir con fuerzas, siempre confiaste sin dudar en mi Cum Laude, mientras que yo no lo tenía nada claro. Fuiste la única persona que leyó mi tesis, recién acabada, fuera del tribunal universitario, y porque me la pediste tú (yo quería ahorrarte el tostón, pero tú erre que erre).

 

Al principio de nuestra relación personal, hablábamos mucho de las marcas, de cómo crear una marca ligada a la emoción, de cómo tener al cliente en el centro, en definitiva, de cómo hacer que la marca pase por el corazón de las personas. ¿Recuerdas cuando te expliqué la metodología que había creado para construir la identidad de marca en 48 horas? Aunque te encantó el contenido, tú, que venías del mundo IESE, tenías entonces todavía -como todos los iesedistas que he conocido en este campo- un concepto algo cuadriculado de la marca (¡vivan plataformas y palancas!), y me pediste que “geometrizara” mi metodología para que fuera perfecta, como otros han hecho (Kapferer, Sicard, Heylen, Aaker). Y yo, que lo que tú me decías iba siempre a misa, me vi en el avión de vuelta a casa haciendo dibujitos para encontrar la cuadratura del círculo.

 

El resultado fue que no. Imposible. Yo entendía tu punto de vista: era una manera de tangibilizar lo intangible y ayudar así al cliente a entender o visualizar mejor el proceso. Pero yo, que vengo de un cóctel de Humanidades, Psicología, Ciencias Cognitivas y Semiótica, sabía que la antropomorfización de la marca era el grado máximo de tangibilización de lo intangible.

 

Cuando te lo expliqué, lo entendiste. Y confiaste. Tanto, que quisiste trabajar conmigo (¿O me pusiste a prueba? Sea lo que fuere, estabas en tu pleno derecho) y a principios de 2015 inauguramos nuestra relación Fred Astaire – Ginger Rogers con una marca que entonces mentorizabas. Durante el Bed & Branding fuiste parte activa junto con las creadoras de la marca, y al acabar el trabajo, me dijiste: “Tenías razón. Trabajando contigo he acabado de comprender porqué tu metodología no entra en una figura geométrica”. No te lo dije entonces (merde!), pero eso fue uno de los mayores piropos profesionales que he recibido, porque mi manera de trabajar la marca se basa en el corazón, y porque las emociones no pueden geometrizarse.

 

Sé que ese día te hiciste adepto total, y así empezó nuestra relación como pareja de hecho profesional, con el beneplácito de nuestros respectivos. Recuerdo la comida en que celebramos nuestro doctorado y hablamos del futuro. Yo tenía dudas sobre si seguir con SOFOCO o independizarme con mi nombre, y te pedí consejo. Tú ya tenías claro tu futuro como consultor (de hecho, meses antes me habías confesado tus planes de abandonar Suárez) y estabas feliz. ¿Recuerdas que bromeamos con crear Delso Mion y Urrea, Asociados? Hubiera sido la bomba.

 

Pero no lo necesitábamos, en realidad, y hoy tal vez muchos se sorprendan al leer lo que te estoy escribiendo. Ya sabes, yo seré muy guerrera, pero la discreción también me caracteriza cuando es necesaria. Entre ambos era todo de lo más natural: que uno de mis clientes estaba un poco perdido y necesitaba estrategia, allí ibas tú; que tu cliente no tenía la marca definida, ahí me plantabas a mí. Simple, como lo mejor de la vida. Has dejado cojas a algunas marcas con las que estábamos trabajando y otras con las que íbamos a trabajar. El otoño se nos presentaba muy entretenido.

 

Me quedo con lo mucho que hemos disfrutado. Ahora me has dejado huérfana. Porque tú eras un perro verde en tu ámbito. Un reconocido experto en estrategia, capaz de entender y apostar por la marca entendida desde el corazón, y por el cliente en su centro. Alguien que entendía que la cuenta de resultados no podía darlos a cualquier precio. Que la marca es una carrera de largo recorrido, donde el cortoplacismo no ha lugar. Un perro verde extraordinariamente difícil de sustituir. No conozco candidatos. ¡Ay, compañero, cuánto te voy a extrañar!

 

Me he quedado con las ganas de enseñarte mi flamante y nueva web, hubiera sido un bonito regalo de cumpleaños, maldita sea. Ahí te llevaba algo de ventaja respecto a la tuya. Este verano, sabiendo que podía permitirme la licencia, te pedí que me describieras como consultora, lo bueno, lo mejorable. Para tener feedback y poder redactar lo que iba a ser mi ‘About’. Necesitaba percepción de marca personal y también ‘abusé’ de otra persona que me importa en vacaciones, por lo de la confianza. En una hora tenía tu respuesta. Y tú un gran corazón vía whatsapp como parte de mi respuesta. Siempre tan generoso.

 

Pero ya no voy a poder darte la sorpresa de que descubras el guiño que te he dedicado. Cuando acabé de escribir los contenidos de la web, en reciente conversación telefónica, te dije, emocionada: “¡Carlos, ya los tengo! Pero no te los voy a mandar porque quiero que sea una sorpresa para cuando estén online. Serás el primero en verla y querré tu opinión. Me hace mucha ilusión esta etapa en solitario, pero me da vértigo. Menos mal que te tengo al lado”. Ni siquiera pude darte mi nueva y flamante tarjeta, que llevé conmigo a Madrid. Cada vez que lo pienso, se hace un vacío en mí y me duele fuerte el corazón.

 

Me enorgullezco de que siempre me consideraras una igual (sin yo serlo para nada), aunque tú te empeñaras en que mis conocimientos sobre branding te daban mil vueltas, cuando la realidad es que los tuyos sobre casi todo me las daban a mí. Pero aún así me llamabas compañera, y yo feliz. Incluso podemos decir que fuimos compinches en ocasiones, porque juntos nos hemos reído mucho.

 

Ahora que lo pienso, realmente hacíamos una pareja profesional muy singular. Tú, el gentleman que practicaba la gentleness al más puro estilo británico. La corrección política personificada, pero yo, que tengo al british style como el estilo de los estilos, y soy una purista a la hora del tea time, en cambio, cuando aquí escribo o me llaman para opinar, tengo fama de ser políticamente incorrecta. Me sale la vena punk.

 

Cuando una amiga periodista que habitualmente nos llamaba para opinar, siempre pasaba lo mismo: tú, equilibrado y comedido; yo, en comparación, parecía una pirata con el sable dando zascas. El poli bueno y el poli malo. Nos reíamos los tres, porque yo me quejaba a la periodista: “Querida, te aprovechas de que cuando hablo contigo no tengo filtros. ¿Por qué Carlos siempre queda tan elegante y yo parezco la bruja mala del cuento?” Y ella me contestaba: “Es que tú no eres Carlos Delso, guapa”. Efectivamente, yo no soy Carlos Delso, pero lo que tal vez todos no sepan es que tú, bajo esa apariencia tan elegante, escondías un alma un poco punk. Lo sé a ciencia cierta, me lo ha confesado tu mujer. Tú y yo estábamos siempre de acuerdo, aunque nuestras formas fueran diferentes. Tú un poco Harold Nicolson por su precisión y elegancia, yo un poco Nancy Mitford, con su natural désinvolture. Nunca te lo llegué a decir, pero desde que dejaste Suárez te desmelenaste algo, literalmente, y no fue sólo cuestión de dejar la corbata.

 

Este eres tú. Este es mi Carlos. Inolvidable e insustituible. Alguien que, como toda buena marca, llegó a mi corazón para quedarse. Fuiste mi media naranja, ese amor ideal que en la vida raramente encuentras, trasplantado al ámbito profesional. Vaya faena, compañero, dejarme sola bregando en este mundo loco de la moda. El único consuelo es saber que vas a seguir a mi lado, aunque ya no te vea. ¡Anda que no te voy a dar trabajo!

 

Que extraordinaria suerte la mía al encontrarte en el camino. Un lujo conocerte.

Te voy a echar siempre de menos, y sabes sobradamente que re- cor -daré, mi querido perro verde.

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