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18 Dic 201710:30

John Galliano, el bufón destronado

Ei fu”. Él fue. Es lo primero que me vino a la cabeza al conocer el despido de John Galliano de Dior. Son las primeras palabras de una poesía de Alessandro Manzoni que hablan de la muerte de Napoleón, que aprendí en el colegio, y que mi subconsciente rescató relacionando una famosa foto de Galliano imitando a Napoleón, remedo, a su vez, de otra de Tom Ford con la mano en el pecho, en plena guerra Dior-Gucci a principios de siglo.

Todo ha sucedido en muy poco tiempo. Desde el 24 de febrero hasta hoy John Galliano, director artístico de Dior desde 1996, ha estado en boca de todos por su desgraciado comportamiento público en un café parisino, profiriendo insultos antisemitas bajo un evidente estado de embriaguez. Creo que ante el debacle sucedido hay que hacer algunas observaciones sobre algunas delicadas cuestiones de este peculiar sector que es la moda, donde el cocktail fama-dinero causa estragos.
 
Cada año suelo empezar mis clases con esta cita de Nicholas Coleridge, el responsable de Condé Nast en Gran Bretaña y autor del libro La conspiración de la moda: “Ninguna industria produce tanta inseguridad como la moda. De las 400 personas a quienes he entrevistado para este libro, sólo unas 50 parecían cuerdas. La estructura anual de la moda provoca desequilibrio mental”, para advertir a los alumnos qué mundo de locos les aguarda.
 
Porque la moda es una profesión que te lo demanda todo, 24 horas 365 días al año. Vampiriza y esclaviza como profesión si quieres estar en la cresta de la ola, y trabajar para ella supone acabar desequilibrado en algún sentido: el ego te puede; la noche y las fiestas -y lo que suelen conllevar- te abducen; alienación en la propia apariencia y check-in constante de la ajena; víctimas poseídas por el síndrome TMI… A unos el desequilibrio se les nota mucho, otros procuran llevarlo con disimulo. Ya lo ha dicho estos días Donald Potard, exdirector general de Gaultier y en la actualidad responsable de la agencia Agent de Luxe: “El problema con la moda es que es un trabajo duro y al final te vuelve loco.” Y John B. Fairchild, todopoderoso y mítico editor del WWD, lo advirtió en su momento: “La moda es divertida, y los diseñadores están todos locos.” El mundo de la moda no es sólo el del lujo, pero, mediáticamente es el más expuesto. Y todo tiene un precio.
 
El caso de Galliano ha sido un caso de ego llevado, desgraciadamente, sin dignidad alguna. Y sin justificar en absoluto su comportamiento, que ha tenido merecida respuesta por parte de la maison Dior, creo que la situación que ha desembocado en este triste affaire merece una reflexión, más allá de lo que ya escribí hablando de Saint Laurent y McQueen, o en Bye bye diseñadores superestar el pasado año, donde ya se anunciaban cambios en el management de las marcas.

Desde hace tiempo, uno de los grandes problemas del mundo de la moda son los egos, sobre todo los de los diseñadores, especialmente aumentado cuando trabajan para una gran marca y, además, tienen éxito. Como Galliano. De ser un joven talentoso diplomado en 1984 en la Saint Martins con un espectacular desfile que marcaría su futuro, pasó a resucitar Givenchy primero y Dior después, gracias al buen ojo del todopoderoso Bernard Arnault, quien acertó de pleno confiando en su gran talento para revisitar y mezclar la historia de la moda, las diferentes culturas y la calle.
 
Con Galliano, la maison Dior, la niña mimada del patrón del LVMH, ha estado desde 1996 en boca de todo el mundo, a veces para ensalzar su talento, y otras para comentar sus extravagancias, que no han sido pocas. Galliano convirtió Dior en una cornucopia inagotable gracias a sus colecciones polémicas, a sus espectaculares desfiles, a sus apariciones circenses y a sus publicidades escandalosas. Dorada fue la época de la guerra entre los dos gigantes del lujo, el LVMH y el PPR, reflejada en las batallas entre Dior y Gucci, encabezadas por los egos de John Galliano y Tom Ford, respectivamente. Época del porno-chic y del lesbian chic que marcó una era, hoy ya olvidada, bajo la consigna conseguir clippinga toda costa.
 
El sistema de la moda hoy funciona con una presión sin precedentes, debida, en parte, al propio sistema, que demanda una renovación acelerada de las novedades; y, en parte, a la presión financiera de los grupos de inversión, que en los Ochenta vieron la moda como la gallina de los huevos de oro y, desde entonces, obligan a las marcas a obtener resultados cada vez mayores. La pesadilla de cualquier creador que piense que con hacer dos colecciones al año basta. Hay que estar preparado para darlo todo: colecciones que llamen la atención de periodistas y estilistas, precolecciones que adivinen el futuro, lanzamientos espectaculares de perfumes y productos, colaboraciones mediáticas entre marcas, fastuosas inauguraciones de boutiques por todo el mundo… Una presión que no es fácil resistir si no se tienen las ideas claras y la cabeza fría y muy bien puesta. Y muchos creadores no lo resisten y se encierran en un mundo alejado de la realidad.

Un mundo cerrado, endogámico, nocturno, de adulaciones constantes cuando llega el éxito, el dinero a espuertas y la fama mediática. Y, con ellos, las adicciones: alcohol, drogas. Hay que ser muy fuerte para resistirse a él y, en cambio, es muy fácil caer. Al ego le gusta que lo adulen, y si sucumbes a los cantos de sirena, la irrealidad se instala en tu vida. Galliano no es el único caso: Halston, el iniciador de esta tendencia de diseñadores superstar, acabó desquiciado; Pierre Bergé tuvo que defender y vigilar toda su vida a un frágil e inestable Saint Laurent; McQueen se suicidó. Otros diseñadores, no es ningún secreto, se han dejado seducir por las adicciones. Por no hablar del relacionado mundo de las modelos, donde con un importante historial de suicidios.
 
Desde esta óptica, John Galliano es una víctima, patética e inexcusable. “Ei fu”, y hoy ya no es. Así es la industria de la moda. E importa poco que tenga depresión, acelerada desde la muerte poco esclarecida de su compañero sentimental y brazo derecho, Steven Robinson en 2007, y que se alcoholice públicamente en un café, desesperada manera de llamar la atención sobre su esplín. Desde hacía mucho era notorio que Galliano llevaba una vida artificial, basada en tratamientos de choque para adelgazar, culto al cuerpo exagerado, narcisismo galopante, adicciones escapatorias. Las fotos nos han hecho testigos de la degradación del personaje y de la persona.
 
Pero al sistema ya le iba bien, ya que Dior facturaba. Galliano, convertido en el bufón más histriónico que ha dado la moda, ha dejado de divertir al rey de Dior, Bernard Arnault. Y Sidney Toledano lo ratificó públicamente el pasado viernes antes del desfile con un discurso donde el nombre de Galliano no se pronunció ni una sola vez. Previamente, de la web de la marca también había sido borrado. Por primera vez en la historia de la moda, un tándem ganador de creador-gestor se rompe de esta triste manera.
 
Ante los hechos, me pregunto si el gestor no supo, no pudo o no quiso domar el creador. Me pregunto por qué un vídeo grabado el 12 de diciembre sale a la luz un 28 de febrero. Me pregunto por qué se oyen risas en la grabación ante los improperios de un hombre alcoholizado hasta la médula. En el video difundido por The Sun se puede ver a un Galliano convertido en un patético bufón, un hombre solo que no ha sabido frenar la carrera hacia el abismo.
 
A pesar de que después vinieron las excusas, el daño ya estaba hecho. Hay veces en que las segundas oportunidades no se contemplan. Ser la cara pública de una mítica marca es lo que tiene. Galliano lo ha sido 15 años, durante los cuales ha ejercido de dios en Dior, con sus apariciones ritualizadas al final de casa desfile, que aseguraban la foto y el clipping. Sin embargo, Toledano afirmó en su discurso antes del desfile que “El corazón de Dior lo forman sus artesanos y costureras, les petites mains, que trabajan duro, sin contar las horas, y transmiten los valores y la visión de Mr. Dior. Lo que hoy van a ver es el resultado de su extraordinario, creativo y maravilloso esfuerzo”.

Y me pregunto: ¿y estos 15 años, dónde estaban? Porque nadie se ha acordado de ellas hasta precisamente ahora. Petites mains, no olvidemos, que necesitan de un creador para ejecutar sus inspiraciones. Es evidente, que, sobre todo en el mundo del lujo, donde los nombres de los creadores brillan con luz propia, el trabajo en coulisses es igualmente importante. Pero hablemos claro: los lamentables sucesos le han venido muy bien a Dior para poder refrescar la marca. La era Galliano, llena de excesos, no conecta con la realidad del mundo en crisis. Renovarse o morir… Las apuestas para la sucesión están abiertas. Dudo mucho que recaiga en otro bufón.
 
Mirando hacia atrás, hubo un tiempo en que la moda no era un circo, y las creaciones de los grandes nombres hablaban por sí solas. Ni Chanel, ni Balenciaga, ni Vionnet, ni Dior, por citar a algunos, se expusieron públicamente. Y los que lo hicieron, como Fath -amante también de los disfraces, como Galliano- o Schiaparelli -la escandalosa-, lo hicieron con gracia y elegancia.
 
Pero hoy todo ha cambiado. La muerte de Saint Laurent acabó una época. El suicidio de McQueen sirvió de aviso: nunca ningún diseñador famoso había decidido conscientemente acabar con su vida. Nunca antes los extravíos alcoholizados de un creador se habían expuesto de esta manera. Los hechos son inexcusables, Galliano como representante de Dior tenía una responsabilidad. Era imagen de marca. Y años de construcción de marca pueden venirse abajo por cosas como esta, aunque no creo que sea el caso. Dior sobrevivirá porque ha reaccionado deprisa, borrando la era Galliano de un plumazo. Sin vuelta atrás, sin piedad, sin miramientos. Asépticamente. “Ei fu”, la poesía habla de la muerte de Napoleón, Galliano no ha muerto, pero sí para Dior. Veremos qué pasará con su propia marca, y qué pasará con él si consigue rehabilitarse. El tiempo lo dirá.
 
Si bien los hechos merecen una total condena, no deja de ser algo triste. La mediatización es un arma de doble filo, y más en la era de Internet. Fue Christian Dior quien dijo: “Es mejor naufragar a tres columnas en la primera página, que ser felicitado con dos líneas en el interior”, y no olvidemos que el sistema es cruel: los regueros de tinta que corrieron con la colección Clochards (2000) ya le vinieron bien a Dior, como después otras muchas veces. Las extravagancias del bufón servían para vender. Hoy son tiempos de crisis, y los excesos del bufón son improcedentes. Al rey Arnault han dejado de divertirle. Su carrolliana sentencia: ¡que le corten la cabeza!
 
Lo ocurrido no es comparable a las histriónicas y extravagantes escenas a las que Galliano nos tenía acostumbrados, pero el sistema es hipócrita. ¿Cómo pudo llegar a ocurrir? ¿Nadie en Dior pudo frenar a Galliano? Me cuesta creerlo. Y me recuerda otra anécdota: cuando Saint Laurent se hizo cargo de Dior y presentó la colección Beat en julio de 1960, considerada demasiado radical por la maison, en Dior se empezó a preparar el recambio de tapadillo, personificado en Marc Bohan. En ese momento, Saint Laurent fue llamado a cumplir sus obligaciones militares por enésima vez. En ocasiones anteriores, Marcel Boussac, dueño de Dior, había puesto los medios para retenerlo. Esa vez no hizo nada para evitarlo, regalándole, de paso, una experiencia traumática que le marcaría de por vida.
 
Afortunadamente, el mundo de la moda se mueve gracias a profesionales que poco tienen que ver con estas situaciones, pero es evidente que tiene también un lado perverso y oscuro, y que no todos saben torearlo. Detrás de cada diseñador hay una persona, y las personalidades pueden ser frágiles a pesar de las aparicencias. “El sueño de la razón produce monstruos”, dijo Goya. Los sueños de la moda, también.

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