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12 Dic 201712:12

Alexander McQueen: la fragilidad de la rebeldía

Conocer la noticia de la muerte de Alexander McQueen, uno de los mayores genios de la moda de las últimas décadas, a poco más de un mes de cumplir los 41 años, me ha afectado, ya que era uno de los talentos del mundo de la moda a los que más admiraba, y me ha hecho plantear unas cuantas reflexiones sobre su figura y sobre el mundo de la moda.

Nacido en los barrios bajos de Londres, de procedencia obrera y con un desastroso currículum vitae escolar, McQueen tenía claro desde muy niño que lo suyo era la moda, a pesar que nada en su entorno lo hacía propicio. Malhablado casi siempre, arrogante a veces y sin concesiones siempre, de cockney rebelde pasó a convertirse en un creador que maduró a golpe de escándalos.

McQueen fue hijo tardío del punk y adepto a dadá tal vez sin saberlo. Descarado, proletario, trasgresor, radical, pero también maestro del corte, inagotable creador y observador de la historia. Encantado de escandalizar, sus siempre espectaculares desfiles nunca dejan indiferente, convertidos en verdaderas performances, situadas en la frontera ente lo real y lo fantástico, como si de una película de ciencia-ficción gore se tratase.

Karl Lagerfeld tuvo el acierto de compararlo a Damien Hirst, el artista británico provocador y coetáneo de McQueen, ya que ambos dominan su ámbito y utilizan el escándalo para autopromocionarse, una táctica ya antigua que inventó el dadaísmo (épater la bourgeoise) y adaptó a la moda Rudi Gernreich en los EE.UU. allá por los Sesenta. McQueen entendió enseguida que la moda es un teatro, en el que siempre es mejor provocar que obtener simples aplausos educados.

Calificado de bad boy de la moda británica, su espíritu destroy se compensaba por su soberbio dominio de la sastrería y la arquitectura del vestido, y por su profundo conocimiento de la historia, mezclando a partes iguales barroco, romanticismo, estilo victoriano, futurismo y fetichismo. En sus colecciones el cuerpo era el elemento principal, jugando a metamorfosearlo para convertirlo en un elemento totalmente erotizado y perverso, flirteando con el sadomasoquismo.

McQueen reivindicaba siempre que podía sus raíces escocesas, sentimiento que heredó de su madre. La vez que lo hizo más sonadamente fue con su colección Highland Rape (otoño-invierno 95-96), toda una reivindicación anti-británica, en recuerdo de la matanza que desencadenaron los ingleses y que llevó a la pérdida de la independencia de Escocia en el siglo XVIII frente a Gran Bretaña.

Su savoir-faire estuvo basado en la estructura del vestido, el trabajo del biais y el drapeado, el contraste de los volúmenes, los volantes y las superposiciones, las nervaduras, los corsés, el sublime tratamiento de la piel y el encaje.

Desde que Gucci se hizo responsable de consolidar su trayectoria empresarialmente hablando, McQueen pudo mostrar su capacidad creativa en todo su esplendor, pasadas las salvajadas a las que tenía acostumbrado al mundo de la moda en Givenchy, aunque sólo fuese para llamar la atención, como un niño falto de cariño.

De familia obrera, Lee Alexander McQueen había nacido el 17 de marzo de 1969, en el East End de Londres, siendo el menor de seis hermanos. Hijo de un taxista, Ronald, y una profesora de Ciencias Sociales, Joyce, a la que siempre estuvo muy unido, desde pequeño supo que su destino estaba en la moda –dibujaba vestidos ya con 3 años-, como también fue consciente de su temprana homosexualidad, reconocida a los 8 años, cuando sus compañeros se burlaban de él llamándole McQueer. Más tarde, se autodefiniría como "la oveja rosa de la familia".

Con un currículo educativo desastroso, a los 16 años abandonó el colegio para dedicarse a la moda, a pesar de que su padre hubiese preferido que fuese fontanero. Empezó su carrera en Savile Row, el corazón de la sastrería tradicional británica, trabajando como aprendiz con Anderson & Sheppard, primero, donde se especializó en pantalones, y con Gieves & Hawkes después, donde se especializó en chaquetas. El resultado: un absoluto dominio de seis técnicas de corte diferentes. Las bases de su estilo estaban echadas. Después trabajó también en la prestigiosa casa de vestuario teatral Angels & Bermans.

Trabajó con Koji Tatsuno en Londres, y, en 1989, desembarcó en Milán, donde lo hizo para Romeo Gigli. En 1992, de regreso a Londres, buscó un trabajo como profesor de corte en la Central Saint Martins College of Art and Design, donde Bobbie Hillson, el director y fundador de la escuela, se percató de sus capacidades y le convenció para que se matriculase. Su padre no fue partidario de esa decisión, y fue una de sus tías, Renie Holland, la que le apoyó, prestándole el dinero.

En 1994 se graduó con una colección titulada Jack the Ripper Stalking his Victims, presentada durante la London Fashion Week, mostrando ya desde el principio dos de sus ítems más característicos: sastres impecables y provocación. Isabella Blow, directora de moda de la revista Tatler, compró la colección entera y, desde entonces se convirtió en su mentora y amiga del alma, contribuyendo así al salto a la fama de McQueen.

Desde que creó su marca, McQueen no dejó de provocar y escandalizar al mundo fashion, sobre todo con sus colecciones, y fue repetidamente acusado de degradar la imagen de la mujer, cuando, en realidad, estaba muy lejos de esos conceptos. A los 8 años vio como el marido de una de sus hermanas casi la mata de una paliza. Ese episodio lo marcó profundamente, y las imágenes de la feminidad que utilizaba pretendían reivindicar a una mujer fuerte y poderosa, lejos del concepto de ingenuidad que el género le ha consagrado culturalmente. “De donde vengo, una mujer conoce a un hombre, se junta, tiene niños, hace la cena, se acuesta. Esa era la imagen que yo tenía de las mujeres. Y no la quiero. Busco la manera de echarla de mi cabeza”.

En 1996 Bernard Arnault lo contrató para sustituir a Galliano en Givenchy como diseñador, pero tan sólo cuatro años más tarde, en plena batalla entre el LVMH y Gucci, lo mandaría a paseo, vendiéndose a la competencia. La razón: McQueen se había cansado de reclamarle a Arnault que invirtiese en su propia marca, como sí había hecho con John Galliano y Marc Jacobs. Pero, aun así, había conseguido algo importante para él: comprarle una casa a su madre.

Desde que el Gucci Group compró el 51% de la empresa, McQueen había iniciado una nueva etapa y su marca empezó a tener una estrategia dirigida a la rentabilidad, abriendo tiendas, creando perfumes y otras líneas, entre ellas la masculina y una segunda línea llamada McQ, además de colaborar con Puma.

Y, de repente, la muerte. Según el Daily Mail, suicidio por ahorcamiento, ocurrido el día antes del entierro de su madre, fallecida después de una larga enfermedad el pasado 2 de febrero. Ser de constitución fuerte, llevar el cuerpo tatuado, la cabeza rapada, ser un verdadero cockney, un iconoclasta y uno de los creadores de más peso en el panorama de la moda internacional no sirvió de nada. La realidad se mostró desnuda: en realidad Alexander Lee McQueen, el gran rebelde, era una persona frágil, como lo había sido, también pese a las apariencias, su protectora Isabella Blow, que sucumbió al suicidio en mayo de 2007, como antes lo había hecho su propio padre.

El mundo de la moda pivota continuamente alrededor de las apariencias, y eso no deja de pasar factura en muchos de sus miembros. Ya nos lo advirtió Nicholas Coleridge en su libro La conspiración de la moda (1989): de las más de 400 personas a las que había entrevistado para poder redactarlo, sólo unas pocas parecían totalmente en sus cabales. Y no es de extrañar, dada la presión intrínseca que este mundo conlleva, como hacer dos o más colecciones al año y tener unos resultados rentables de manera continua. Por no hablar del show-off al que se ven expuestos la mayoría de los diseñadores ni de su vida privada, no siempre modélica precisamente.

Como es bien sabido, las apariencias engañan, y esta muerte imprevista así lo demuestra. Pero también es verdad que, en el mundo de la moda, como en cualquier otro, los excesos se pagan. Los pagaron, cada uno a su manera, Poiret, Dior, Halston o Saint Laurent, entre otros. Saber gestionar este mundo teatral no está al alcance de todos, y especialmente los más frágiles son los que antes sucumben.

El talento es un bien escaso, y parece ser que frágil. Si bien no me gusta comparar la moda con el arte, en este caso cederé a hacerlo con las biografías de algunos artistas que también perecieron antes de tiempo, como Amedeo Modigliani o Kurt Cobain, por citar tan sólo a dos. El lado oscuro suele planear sobre el mundo de la creación, para bien y para mal.

Sin duda, Alexander McQueen ha sido un creador que se ha ganado un puesto principal en la moda del siglo XXI, tal y como él quería. Asumió el legado de Vivienne Westwood, traspasando incluso los límites a los que ella había llegado con el punk. En una sociedad decadente como la que nos ha tocado vivir, donde el espectáculo se impone, las imágenes que McQueen nos propuso encarnaban la poesía de la violencia y la belleza contemporáneas.

Forever McQueen.
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