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23 Nov 201701:34

Cuando los directivos de marketing nos toman por tontos...

Quizás lo que escriba no sorprenda a nadie desde el punto de vista del cliente o del consumidor, ahora, que sea un profesional del marketing y de la comunicación indica que “algo huele a podrido en Dinamarca”.

 

Tal vez soy un idealista pero algunos directivos vende motos se cargan la ética y buenas prácticas empresariales en pos de un beneficio cortoplacista y abundante. Y digo cortoplacista porque te acabas cargando el cliente.

 

Al margen de las formas, las palabras son para enmarcar, es decir, esas frases manidas que tienden a utilizar algunos profesionales y que me dan vergüenza ajena.

 

Me recuerdan a esos críticos de arte contemporáneo que se llenan la boca de floridas frases llenas de misticismo, simbolismo y que a los neófitos les pueden producir admiración pero que están vacías de contenido. Hablo de los trileros, no de los buenos profesionales.

 

Los sectores de la moda y del lujo tienen más acentuados que otros sectores el componente emocional, de búsqueda de la conexión de sensaciones entre el producto y su cliente. Esa identificación, esa fidelidad, ese más no es un producto es una forma de vida, el storytelling, etc.

 

Ello no indica que todo vale a la hora de contar la historia de un producto, ya que si fuera del mensaje promocional no hacemos lo que la sociedad en general, y nuestro cliente en particular, quiere, les estamos faltando al respeto.

 

Al margen de nuestro nicho de mercado debe siempre primar, en la medida de nuestras posibilidades, una protección del medio ambiente, el utilizar materias respetuosas con ello, estimular las emociones, la sensibilidad hacia todos los seres, hacia los derechos fundamentales de las personas, independientemente de su raza, su sexo o su condición social, el cuidado de la infancia y deshacernos de las costumbres sexistas tan deleznables de nuestro sector.

 

Evitar las actitudes frívolas y superficiales que tanto daño han hecho a nuestro sector y que tantos y tantos siguen utilizando como reclamo publicitario; la polémica como vehículo de difusión de imagen de marca. Y a todos se nos vienen ejemplos claros a la cabeza, como consumidores y como profesionales.

 

El problema es que, sobre el papel, todos estamos de acuerdo pero ¡Ai amigo! a la hora de preparar nuestras estrategias de marketing todo vale para vender más que la competencia, para posicionar nuestra marca u obtener un beneficio tangible.

 

Para mí no es una visión refrescante, nueva, modélica del marketing, atractiva hacia la gente, no, hablo de valores empresariales.

 

Si queremos que se deje de denostar a nuestras industrias como algo al alcance de unas élites que no respetan a los que no pueden alcanzar ni poseer nuestros  productos tenemos que cambiar la forma de comunicar.

 

Hablo incluso de que cambiar ciertas actitudes no sólo va a permitir conectar nuestra marca con nuestros públicos objetivos, si no que con el resto de la sociedad  vamos a tener un diálogo amigable y una percepción por parte de ellos mucho más positiva.

 

No quiero sólo que usen mi producto y lo compren, quiero que lo valoren como algo que les aporta felicidad y gratificación en sus vidas.

 

Para ello, se acabó el tratar como a niños pequeños a los públicos, embaucándolos con frases bonitas de gurú, con políticas y estrategias de empresa inmaduras e insensibles. Lo ocurrente y cool no siempre es lo mejor a largo plazo.

 

Slow fashion es un buen concepto y hay que desarrollarlo más.

 

Y señores dirigentes de marcas, dejen de tratar a los consumidores como animales de laboratorio a los que analizamos fríamente, escuchen a las personas y sus inquietudes y, cuando lo consigan, tendrán el mejor marketing posible.

 

Como vuelva a leer, en pleno siglo XXI, algo como “nuestro consumidor es alguien sofisticado, cool, que sabe lo que quiere…” me voy a echar al coleto lo primero que pille.

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