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18 Ene 201815:22

Less is more

De pronto, la moda dejó de ser una dictadura. Aquellos conceptos tan pesados como "el color de moda"; “el largo de la falda”; “el pantalón pitillo o campana”, “rayas o flores”, dejaron de ser normas pautadas porque democráticamente empezaron a convivir. Creo en verdad que fue una gran liberación porque el consumidor podía reinterpretar las tendencias a su manera, que empezaron a ser muy plurales.

Y la calle ahora es un festival mucho más divertido: flores y rayas; zapatos con plataforma, stilettos, botines, botas camperas, bailarinas…; los colores negro, azul, gris, rojo, marrón, caqui…; bolsos cartera, macutos, el Kelly, mil veces reinterpretado…

Todo convive. Lo cual no significa que el consumidor sea en verdad libre. En verdad, cada vez lo es menos, porque la dictadura de las formas y colores ha sido sustituida por otra: la de las marcas, las cuales ahora se quejan de que los top manta vendan una copia de sus modelos prácticamente en la puerta de su propia tienda.

No digo que no tengan razón, no, porque mientras ellos se han gastado la pasta de la vida en campañas de publicidad (que como una droga va entrando en la retina del consumidor); en equipos de diseño; en packaging; en comunicación, en suma, en todo lo que conlleva mantener la cotización de la marca (aunque con una calidad de pena) existe toda una mafia que copia y vende las réplicas a 30 euros contra los más de 1.000 euros que siempre costará el original.

La verdad es que yo encuentro bastante gracioso que la asistenta lleve el mismo bolso de su señora, por más que a ésta le joda. Tiene todo el derecho del mundo y además es la sociedad, nosotros, quienes le hemos enseñado a sobrevalorar los logotipos en lugar de la calidad. Porque, probablemente, la cremallera del top manta le durará dos telediarios. Así que esos 30 euros, con frecuencia, serán 30 euros tirados. Euros que no creo le sobren.

Pero aún y en crisis, esta es una economía globalizada; de gustos globalizados; de marcas globalizadas; de valores hedonistas. Clasista. No lo hemos hecho muy bien, no. Y me temo que, además de prácticamente imposible, deshacer parte del camino conllevaría suprimir todo un tropel de puestos de trabajo, que además son los que crean y mantienen el glamour de la marca.

Sin olvidar que, indiscutiblemente, cada cual se gasta el dinero en lo que le da la gana, no va mal que reflexionemos un poco al respecto y no nos dejemos llevar por el sofisma de “ir de muñeco marca” como un gran logro social. Por más que revistas y programas del corazón rindan culto, contribuyendo a que la cultura imperante adore a esos iconos de oro por lo que se han gastado, aunque sea una horterada, no lo es: ni personal ni social. Es más, es casi seguro que ir de arriba a abajo con prendas y complementos de marca (y por tanto de diseño) puede ser una empanada de cuidado. O será que a mí me produce rechazo.

El primer ejemplo de este rechazo, me viene de largo; lo desencadenó una cena en la Costa Brava en la que esperamos a un comensal hasta casi medianoche: llegaba de París, donde era director de Georges Rech. Todo un carrerón si tenemos en cuenta que su primer empleo en moda fue como dependiente en una tienda de Barcelona. El hombre llegó acelerado, deshaciéndose en excusas. Pese al trasiego, su indumentaria era impoluta. La de su perro también. No es que el chucho llevara un trajecito de marca, que los hay (y perfumes y joyas, etc), era un precioso fox terrier sujeto a una correa de Hermès.

Precio de la correa: 150.000 pesetas (unos 900 euros), vociferó él arguyendo que su chucho lo merecía. Yo no habría prestado atención a la correa de no ser porque la esposa de nuestro hombre lo empezó a reñir con estruendo porque en seis meses ya eran tres las correas Hermès que se había comido el canino. "Smuax", "smuax", besó él a su perro amado por toda respuesta (mientras yo multiplicaba 150.000 por 3). "Smuax", lo besó a él su mujer encantada porque con la correíta de marras nos había demostrado a todos el poderío que se gastaban.

Desde entonces no puedo evitar, antes de comprar nada, recapacitar sobre el precio de las marcas por más que me gusten las prendas y complementos bien hechos. Por ejemplo, en un Vogue de Invierno 2009 vi un macuto de Hermès diseñado por Issey Miyake. La excelente foto permitía ver que el macuto era en verdad sólo un macuto, cuyo valor añadido era la firma de Miyake más el logo de Hermès. Precio del macuto, 4.200 euros. Y también había unas bonitas alpargatas por otros 4.000 euros del ala (manufacturadas por Castañer). En suma, en la insoportable línea de lo de la correa del perro. Sin olvidar que se puede pagar más por un diseño exclusivo, pero ¿por un macuto o unas alpargatas? De una y otra cosa, hay excelentes y hasta muy currados por no más de 150 euros.

Además, ¿no son más interesantes las sabias mezclas y encontrar tu propio estilo mezclándolo todo y sólo invirtiendo en lo que vale la pena hacerlo? Con frecuencia, sólo un complemento, tuneará lo que llevemos. Sin olvidar que es más sugerente visitar los talleres de diseñadores emergentes; comprar en nuestros viajes productos autóctonos… Buscar, en lugar de dejarnos abrumar por la dictadura de las marcas.

Que las cosas acabarían así, ya lo vio Amancio Ortega quien, tras el prêt-à-porter, hizo la segunda revolución de la moda. La gran revolución. ¿Sobrevivirá el lujo? Claro. Pero hagamos honor al refinamiento europeo y recuperemos a Mies van der Rohe y su “Less is more”. Y una butifarra a Lomana y Cia.

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