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15 Dic 201811:01

Barcelona fue moda: Comín y Flaqué

Sabedores de mi lengua suelta, algunos amigos del sector me han pedido que una vez fallecido Paco Flaqué, sea buena y no vuelva a arremeter contra él. Algo que, hecho una vez en su momento (El Periódico de Catalunya, noviembre 2005), no solo por respeto a quien ya no está para replicar sino también a su familia, no pensaba volver a hacer.

 

En su óbito, Flaqué ha tenido discretas y amables despedidas y a su entierro acudieron las fuerzas locales. Y en todas, todas las reseñas – en este diario, también – se le ha denominado ‘padre’ de la moda en Barcelona, así como fundador de la Pasarela Gaudí y empresario. Aclaremos los epítetos: Flaqué, sin ninguna duda, fue ante todo empresario. Era un hombre hábil y listo que, en una Barcelona que apenas sacaba la cabeza de la posguerra, encontró en la moda un buen filón y, más tarde, alguien que potencialmente podía ser un buen aliado: Juan Antonio Comín, con quien fundó Moda del Mediterráneo, el primer salón con verdaderas expectativas de futuro, de internacionalización y presentación de una España que hacía moda (algo que no era del todo cierto y que ya sería otra cuestión de la que muchos hemos escrito reiteradamente).

 

¿Podían entenderse Flaqué y Comín? Nooo. Ni hablar. Flaqué, como he dicho, era empresario, mientras que Comín era un soñador exquisito. Un exigente que aspiraba aunar moda y cultura. ¿Ganar dinero? No era su prioridad. Con tal de poder vivir dignamente, comprar algún pequeño objeto modernista y tener su biblioteca bien surtida, era suficiente. Nada que ver con Flaqué, nada que ver con ningún empresario que ante todo busca enriquecerse. Comín, conversador cortés,  culto y ameno, también tenía un carácter endiablado, muy malas pulgas (para que nos entendamos), así que a medida que crecían sus diferencias con Flaqué, la unión se hizo imposible. Flaqué prefería cantidad, Comín, calidad. Comín se quedó con Moda del Mediterráneo, editó una revista con el mismo nombre (que fue un referente en el sector), descubrió a jóvenes diseñadores por los que peleaba hasta la extenuación para que tuvieran visibilidad y una pasarela…

 

Aunque al final cerró. El sector, lleno de amas de casa y de pequeños industriales que copiaban, acababa cerrando. Entonces fundó la Asociación Gaudí – nombre escogido por él mismo como homenaje a la cultura y a la ciudad - con la aspiración de aunar lo mejor del diseño en salones y desfiles. Esta vez parecía que todo podía funcionar: como interlocutora estaba yo, recién nombrada Directora de Salones de Moda en la Feria de Barcelona, colaboradora de su revista, discípula, amiga con quien compartía veladas y conversaciones interminables, fines de semana en familia…  Todo parecía cuadrar pero a Comín, como a Flaqué, no le gustaba que nadie pasara por encima de él; menos aún, por tanto, quien había sido colaboradora suya, descubrimiento en su revista… El día que me gritó por primera vez, comprendí que, aunque por diferentes razones, todo se repetiría, lo que conllevaría al final de  Gaudí, salones y pasarelas, como acabó sucediendo tras varios intentos de la Fira por encontrar directivos para la moda.

 

Entretanto, Flaqué, trabajador y astuto, se hizo con la confianza de otros sectores y una buena parte del cupo de la subvención. El cierre de Gaudí y más tarde el fallecimiento de Comín, le procuraron el resto  del pastel: los diseñadores afines a éste último, con quienes reabrió la Pasarela Gaudí, y el resto del patrocinio, completa e irregularmente administrado desde su despacho. De ahí sus diferencias con ERC que le hizo una exhaustiva auditoría.

 

¿Alguien desde entonces lo ha hecho mejor? ¿Alguien lo va a hacer mejor? Personalmente, lo dudo. Unos y otros van sustituyendo a gestores de moda que no entienden nada ni del sector ni de su historia.

 

Pese a mi final con Comín, siempre lo echaré de menos. Tal vez ser deslenguada, intransigente con la mediocridad y respetuosa con el dinero público, en parte, se lo deba a él. Una deuda en la que me afirmo. En cuanto a Paco Flaqué, el sector ha perdido el último motor. Un motor que no entendía de moda y que no internalizó nada pero que hacía que la ciudad se moviera, que el sector se moviera, que todavía “creyera”.  Lo que nunca ha sido poco, no digamos ahora. Como legado, Flaqué deja una empresa dirigida por su hijo Àlex a quien le toca bregar en un momento económico más que desfavorable. Ignoro si tendrá el ingenio y la audacia de su padre y el cálido y hermoso carácter de su madre. Le deseo lo mejor.

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