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21 Nov 201700:12

A debate: los modos de la moda

Inmejorable el artículo de Inmaculada Urrea: Alexander McQueen: la fragilidad de la rebeldía. Excelente en el concepto, en la estructura, en el conocimiento y en el análisis. De su discurso retomo la reflexión que hace acerca de la fragilidad del talento creativo en el que, con razón, Urrea se extiende a otras disciplinas como la pintura, poniendo como ejemplo a Modigliani, quien no se suicidó, pero quien tampoco llegó a conocer la gloria, viviendo enfermo y drogadicto hasta morir devastado por su propia genialidad; genialidad que por cierto no fue valorada hasta después de su muerte.

Otro genio proscrito fue Vincent van Gogh: "Yo arriesgué mi vida por mi trabajo, y mi razón siempre fue menoscabada": éstas son las palabras de Vincent en su última carta, encontrada en su bolsillo el 29 de julio de 1890. Horas antes se había disparado un tiro en el pecho. Y Gauguin, cuya muerte finalmente se debió al cansancio, a sucesivas enfermedades, a la miseria… pero quien también había intentado quitarse la vida seis años antes.

Tres genios inmolados por la desesperación que les produjo la falta de reconocimiento. Que no es el caso de McQueen, que lo obtuvo en vida por su talento, pero también por su oficio, adquirido primero con los sastres de Savile Row; luego en una prestigiosa casa de vestuario teatral; y con Romeo Gigli; y Koji Tatsuno… Pero aquel chico de familia humilde, pese a este bagaje, aceptó matricularse en la prestigiosa escuela londinense Central Saint Martins College of Art and Design. La colección con la que se graduó, ya le supuso entrar en el reconocimiento y la fama. A partir de ahí, inició una imparable carrera, repleta de escándalos y actitudes desmesuradas pero también de un clamoroso éxito, tras el que había muchas horas de trabajo. Con el Grupo Gucci, además, encontró el soporte que necesitaba. Todo iba bien, menos él mismo incapaz de soportar su frágil genialidad. Algo que, además, el entorno del mundo de la moda, en lugar de atemperar, fomenta de modo que no pocos se comportan como embarazadas primerizas y mimadas (curiosamente, una actitud que se da en los hombres de la moda, no en las mujeres), repletos de ataques de angustia y deseos irreprimibles por los que hacerse cuidar.

Esto lo aprendí muy joven, cuando un industrial francés, afincado en Barcelona, contrató al diseñador Thierry Mugler para su colección estrella. La infeliz que le hacía de ayudante, era yo, con veinte años y los ojos como platos al ver la que se me venía encima, porque pronto vi que Mugler tenía caprichos de todo tipo: nunca empezaba a trabajar antes de las 11; de camino al taller me hacía parar el coche porque necesitaba "vitalmente" un racimo de uvas; al personal del taller (que empezaba su jornada a las 8 de la mañana) lo tenía sin comer hasta las 3 de la tarde; a media tarde “le urgía” una infusión, entonces todo se paraba hasta que se calmaba… No lo maté porque era joven, porque no me gusta la sangre y porque las pocas horas que finalmente trabajábamos eran verdaderas clases maestras de cómo se hace una colección. Pero no me extraña que Mugler haya medio desparecido del mapa, donde sobrevive a través de sus fragancias. Sus excentricidades, incluso en países acostumbrados a estas "genialidades", no las debieron soportar.

Recuerdo un día de charla con el arquitecto Óscar Tusquets, en la que éste me dijo que con frecuencia se jugaba tanto al presentar un proyecto que, al hacerlo, envidiaba no ser diseñador de moda porque así tendría a su alrededor un cortejo de ángeles (antes y después del encuentro) que amortiguarían su desazón porque no pocas veces se jugaba el trabajo de todo un año. Ya tiene razón, ya Tusquets. Y además lo malo es que los futuros diseñadores, con o sin talento, adoptan esta actitud desde que se matriculan como si formara parte del oficio de forma que, en lugar de volcarse en aprender todos los secretos (aceptando ser meros aprendices el tiempo que haga falta), sólo piensan en salir a la pasarela cuanto antes, momento en el que podrán dar rienda suelta a descomedimientos varios. Y también lo hacen algunos de los miembros de los equipos de trabajo, aunque no sean creativos, quienes, al menor traspiés, crean una atmósfera trágica, crispada y desmedida. Algo que enerva hasta desquiciar a muchos colaboradores o simplemente personas con las que tienen que tratar y que ha sido una (he dicho una) de las causas por las que los industriales de este país se han sentido incapaces de fusionar manufactura y diseño, para desastre de ambas partes.

Tampoco debe ser fácil para los políticos, no, manejarse en ese teatro. Lástima porque personas de indiscutible talento, como sería Antonio Miró quien (pese a su fragilidad creativa no tiene nada de teatrero y que a su talento le suma incontables horas de trabajo porque es un perfeccionista), se ha quedado en un prestigio reconocido en el ámbito nacional, y algo en Italia, cuando le hubiera correspondido el mundo.

No sé, tal vez las escuelas de Diseño de Moda, debieran añadir la asignatura de Comportamiento; o la de Contención del Ego; o, simplemente, expulsión del aula a la menor desmesura. Lo que no se entiende es que esta conducta sea admitida sin más, como parte intrínseca de un supuesto talento. Cuando más bien es al revés: una vez demostrado que es un genio (tras años de preparación rigurosa, como hizo McQueen) y ya se es rey, entonces, quizá este exceso forme parte del marketing y sea celebrado. Ya lo hizo Dalí; y no digamos Michel Jackson; y lo hace Madonna y lo hizo McQueen. Pero antes hay que llegar a rey. Aunque yo, como Inma, siento que a McQueen ser rey por su talento total le costara la vida.

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