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Santi Mallorquí: “El algodón reciclado tiene un gran cóctel de tóxicos”

El directivo explica que, en España, existe una oportunidad para liderar la industria sostenible y que esta debería “ser más atractiva” para que, el día de mañana,  la gente joven quiera formar parte del sector.

Santi Mallorquí: “El algodón reciclado tiene un gran cóctel de tóxicos”
Santi Mallorquí es consejero delegado de Organic Cotton Colours.

Ainoa Erdozain

1 jul 2022 - 04:57

“Si se dejara de blanquear el algodón, el crudo podría ser el nuevo blanco”, sostiene Santi Mallorquí, consejero delegado de Organic Cotton Colours, especializada en algodón orgánico. El directivo señala que si todos los centros sanitarios de Europa dejaran de blanquear sus sábanas y batas se reduciría drásticamente el impacto que genera la industria del tintado. También asegura que falta más claridad en cuanto a los certificados sostenibles porque “hay demasiados” y “cuesta mucho conseguirlos”, y esto es un problema para la integración del sector. Para Mallorquí, en España existe una oportunidad de especialización para liderar la industria sostenible y esta “debe ser más atractiva” para que la gente joven quiera formar parte del sector el día de mañana.

 

 

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Pregunta: ¿La sostenibilidad es para todos?

 

Respuesta: Deberíamos preguntarnos antes qué es la sostenibilidad. Este concepto tiene muchas definiciones, pero sí, tiene que ser para todos. Todos podemos consumir de manera distinta y sostenible. Cada vez hay más empresas y manejamos más información para encontrar la marca adecuada.

 

 

P.: ¿Cuáles son las principales barreras?

 

R.: El precio es la más común. En la moda hay opciones muy económicas, pero no tenemos que consumir de la misma forma o cantidad para ser sostenibles. El consumidor debe plantearse si realmente necesita toda ropa que compra. La moda nos representa a todos, pero también hay que conocerse a sí mismo para saber si comprar toda esa ropa te va a hacer más feliz. Hay que consumir de manera diferente y el precio no debería ser una barrera.

 

 

P.: El algodón orgánico también es intensivo en agua. ¿Es tanto más sostenible que el tradicional?

 

R.: Discrepo de esta afirmación. Nosotros tenemos nuestro propio proyecto social en Brasil, en el que participan agricultores que no tienen sistemas de riego. Sólo cuentan con el agua de la lluvia. El agua que se necesita en Brasil para cultivar todo el algodón tradicional corresponde al agua que consume una ciudad que tiene 300.000 habitantes durante tres meses, y esto sólo para aplicar los productos químicos en el cultivo tradicional. Además, en el hilado no se precisa agua y, en el tejido, el agua que se utiliza para sacar las parafinas usadas en la hilatura es mínima. En la producción de algodón tradicional se utiliza mucha agua en los acabados de los tejidos y en el tinte. En nuestro caso, no utilizamos ninguno de estos dos procesos. El cómo se produce también marca una diferencia. Hay que innovar en nuevos procesos para mitigar este impacto.

 

 

 

P.: Si el objetivo es hacer moda más circular, ¿por qué centrar tantos esfuerzos en el algodón orgánico?

 

R.: Se habla mucho del reciclaje y está muy bien darle un segundo uso a las prendas que ya existen, pero también se habla sobre el poliéster como la fibra sintética más usada. Tenemos que preguntarnos qué impacto generamos con esto desde el punto de vista energético y de contaminación. El algodón reciclado ya ha sido reciclado con muchos tipos de algodón y procesos distintos, por lo que el cóctel de tóxicos presente en estos artículos es importante. Si hablamos de algodón orgánico y procesado de una manera diferente y coherente, la cosa cambia. Actualmente, existen muchas fibras naturales y, poco a poco, veremos la importancia de la agricultura regenerativa. Ya no sólo hay que tratar de minimizar el impacto, sino también generar un impacto positivo. De esto va el futuro del algodón orgánico.

 

 

P.: ¿Han echado en falta más colaboración en el sector de la moda?

 

R.: Siempre se puede entrar más en detalle en los efectos que genera esta industria. Hablamos mucho de la agenda 2030 para minimizar el impacto de la industria textil, pero algo que se podría abordar es que todos los hospitales de Europa y centros sanitarios dejaran de blanquear los tejidos que utilizan en batas, toallas y sábanas. Sólo con esto se lanzaría un mensaje muy potente: el crudo podría ser el nuevo blanco, lo que supondría una reducción de la polución al dejar de blanquear el algodón. Es una medida simple que llevaría a popularizar usar el crudo en lugar del blanco, que junto al negro son los dos colores más contaminantes de la industria del tinte.

 

 

P.: ¿Para ser sostenible hay que estar integrado verticalmente?

 

R.: Es lo ideal, porque las certificaciones no están en su mejor momento. Tener una estructura completamente vertical es muy difícil para muchas empresas, pero así se sabría de dónde viene todo el material y se controlaría la trazabilidad. Hasta hace poco, las marcas sólo exigían a sus proveedores de manufactura cierta trazabilidad, ahora ya se está entrando en tejidos. En el futuro se generarán nuevos estándares en el hilado que para que se cumplan mejores requisitos en el cultivo del algodón.

 

 

 

 

P.: Tienen producción en Brasil, Turquía, Barcelona, Portugal… ¿dónde se han encontrado más facilidades?

 

R.: En Brasil hemos encontrado facilidades por parte de los empresarios, de las organizaciones y de los agricultores, aunque no tantas por parte de los políticos, ya que hay mucha burocracia. En Portugal, la industria está muy establecida y es muy potente. En Cataluña cada vez nos salen más alternativas en todos los niveles. El que menos conocemos es Turquía, pero también es un país al que se le tiene que agradecer la política antitransgénico que ha llevado a cabo, una de las más estrictas del mundo. Al final hay que adaptarse a las circunstancias de cada lugar.

 

 

P.: ¿España puede liderar la industria sostenible o ya ha perdido el tren?

 

R.: Claro que puede liderar la industria, pero debería haber un conjunto de empresarios, lobbies y políticos con la voluntad de realizar acciones encaminadas hacia la sostenibilidad. España tiene que revitalizar una industria que ha sido bastante dañada y ahora tenemos una oportunidad de especialización, con un valor añadido en cuanto a calidad. En Europa no quedan tantos países para producir. Portugal es de los últimos bastiones que quedan en la producción textil en Europa y no hay mucha gente joven que se quiera dedicar a esta industria. En quince años no habrá costureras, por lo que lo primero que se debería hacer es crear cartera y ser más atractivos para que gente joven quiera formar parte de este sector.

 

 

P.: ¿La sostenibilidad es una oportunidad para los proveedores de crear marca ingrediente que llegue al consumidor final?

 

R.: Sin duda. Los hiladores están estableciendo puentes directos con las empresas de retail y los portales online para ofrecer estándares de sostenibilidad usando hilos con una trazabilidad muy definida. Esta es la tendencia.

 

 

 

 

P.: ¿Falta más claridad con los certificados?

 

R.: Sí, falta de todo porque hay demasiados. Cuesta mucho dinero contar con distintas certificaciones. Los proveedores, a veces, tienen veinte clientes con veinte certificaciones distintas y tienen que sacarse todas ellas para poder trabajar conjuntamente. Su trabajo no mejora por tenerla, pero tienen que adaptar su proceso productivo a cada una de las certificaciones para que se la den. En la industria del denim, ese dinero destinado a obtener todos los certificados podría destinarse a otra área para reducir el impacto de su producción. En el siglo XXI, cuando se busca pareja, no hay una aplicación que te asegure la compatibilidad al 100%. Al final se confía en la persona y puede salir bien o no, y lo mismo pasa con las marcas. Cada marca debe contar su historia real y es el consumidor el que debe apostar por dar esa confianza.

 

 

P.: El Índice Higg está ahora bajo cuestión. ¿Se juzga demasiado a la industria de la moda?

 

R.: No. La industria de la moda tiene un impacto muy grande y también forma parte de nuestro reflejo en la sociedad. Eso hace que se consuma mucha moda y que, por tanto, esté bajo el ojo del huracán. Venimos de un periodo pospandémico en el que, después de prohibir las bolsas de plástico en los supermercados, hemos consumido mascarillas y guantes durante dos años. Hoy, todavía está aumentando consumo de fibras sintéticas con la idea de que como viene de poliéster reciclado es sostenible, pero no es así. Este material sigue interfiriendo en la piel, en la biodiversidad y en sistemas acuáticos, y seguramente acabe contaminando el planeta cuando la prenda acabe en un vertedero. Todavía parece que no reducimos el impacto, sino que, por el contrario, lo vamos incrementando.

 

 

P.: ¿Qué tiene que hacer el sector para convencer al cliente final de que es más sostenible?

 

R.: Primero, ser más sostenible y esto implica fomentar un consumo distinto. Ya empieza a haber marcas como Patagonia o Veja que promocionan que “lo más sostenible es lo que ya llevas puesto” y esto hay que planteárselo. Es increíble los kilos de ropa que se consumen por persona y los grandes grupos no pueden seguir incrementando las ventas anuales a base de más ventas ni seguir creando envases monouso para la comunidad. Hay que consumir menos y generar menos plásticos, luego ya veremos qué se hace con el plástico que existe.